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Editorial [an error occurred while processing this directive] Julio 16, 2012


César Vallejo: el manantial más profundo y cristalino de América
Romualdo Retamal Maureira

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Cuando el Infinito se vuelve Humanidad

Selección de textos e integración: Romualdo Retamal M.

 

 

 

Viernes 15 de abril. Mejor hubiera sido un jueves, pero igual, este es un día importante. Un día que las amas de casas debieran circular con tinta roja en sus íntimos almanaques cristianos. Y el noticiero publicar al menos una breve reseña. Y las redes sociales congestionarse. Y los play off de la pelota suspenderse. Y los mendigos del mundo desnudarse y asaltar en tropel las casas lujosas, las tiendas nocturnas. Y los campesinos mirar al cielo. Mirar al cielo mientras se limpian el sudor de la frente con el dorso rugoso de la mano.

Pero este viernes 15 de abril -que mejor hubiera sido jueves-, seguramente alguien desvió la ruta. Pagó unos euros o unos francos de más y trocó el camino. Se distrajo un rato y siguió de largo. Después de visitar el Barrio Latino, la cúpula blanca de la basílica del Sacré Coeur y la leyenda finisecular del Moulin Rouge, dirigió sus pasos, sus lánguidos pasos, hacia el cementerio de Montparnasse.

Allí, lógicamente, encontró. Y leyó el inmutable epitafio de Georgette: “He nevado para que duermas”. Porque hace 73 años, o sea, una eternidad, desde el principio de los tiempos, murió César Vallejo. El monstruo poético. El engendro mayor. El alma, la entraña descubierta. Y el dolor. Y el dolor. Y el dolor.

Sabemos que Vallejo es peruano. Que fue comunista y estuvo preso. Que llegó a París un viernes de 1923, tal y como deben llegar los poetas, con una moneda de 500 soles, un águila de oro anudada en su pañuelo, sin amistades ni influencia alguna, ignorando el idioma, y con plena lucidez, con total constancia de la vida.

Dijo Thomas Merton, y en todos lados está, que “Vallejo es el más grande poeta universal después de Dante”. Yo pudiera decir algo mejor. Decir que con Los heraldos negros - sólo con el poema, sin adentrarnos en el poemario, sin transitar ese arco profundo hasta salir por Espergesia - le hubiera bastado. Decir que Trilce no es el humo ni la vanguardia, sino el verso que se devora, el caos magnífico, la esquina innegociable y temblorosa del alma.

Decir que Poemas humanos, por su parte, es la imagen arrancada del músculo, un labio y medio, el estornudo en la tormenta. Aquí, pasmosamente, todo tiene su causa. No hay nada parecido (no digo mejor o peor) ni en la literatura, ni en el cine, ni en la realidad, ni en la alegría, ni en el santísimo infierno. La angustia por la angustia y a su vez las temibles circunstancias, el raído ajuar de la pobreza. Y decir, por último, yo pudiera, que España aparta de mí este cáliz es lo anterior, pero en sentido inverso. Y más tarde, al límite de la noche, pudiera callarme, sabiendo que a la larga no he dicho nada.

Sin embargo, yo quisiera apuntalar lo único importante: esa sensación amarga de que afuera retumbaba un ejército feroz, de que la ventana era un recuadro frágil, el salto a otra lejana dimensión, de que la noche era un desasosiego inútil, una encomiable mentira. Así me figuraba el mundo cuando desconocía, y era fuerte, y bueno, y empezaba a tantear en el delirio, y a meter la mano y a tratar de entender y de pensar como piensan los muertos, con ideas rectas, sin equivocaciones, pero he aprendido que los muertos sólo se dedican a molestar, con laboriosa paciencia, caídos en la cuenta (según dijo un cadáver memorable) de que ya van siendo la mayoría. Y Vallejo es un muerto donde los haya. Pero las cosas no funcionan de ese modo. De lo contrario nadie duraría tantos años, nadie soportaría tanto desgaste, tanta eternidad acumulada en los huesos.

Era un hombre bello César Vallejo. Un hombre hermoso como no hay mujer, como sólo son las madres, los tersos poetas. Y ante la nítida evidencia del retrato, sospecho que ese rostro incluye los antojos de una inefable profecía, las callejuelas lúgubres de Montparnasse. Pues Vallejo, que en un célebre poema previó su muerte, y la fijó en París para un jueves de aguacero, vino a fallecer un viernes. Un viernes 15 de abril. Un día igual a este, con las mismas señas. Pero todo eso en un plano puramente real. Porque en el otro, en el plano verdadero, el hombre murió un jueves, tal y como hoy, sepámoslo, también es jueves, y es este el idéntico, escurridizo y casi olvidado día del cual todos tenemos ya el recuerdo. Siempre he pensado que las tumbas fungen como úteros. Son transitorias. Y hay muertos que nunca nacen, y hay otros que no se quieren morir.

Cuando César Vallejo apareció en la planicie de este mundo, por Santiago de Chuco, a 3500 metros de altitud, en 1892, hubo un cielo cerrado, gris, y poco, poquísimo aire batiendo sobre el lugar. El cadáver, siempre hambriento, siempre al límite de la pobreza, acompañado por Georgette, a las nueve y veinte de la mañana, de aquel viernes santo otoñal, en la oscura Europa de 1938, fue pura simulación. Meses después, Franco ganaba en España. Hitler invadía Polonia. Un fortuito médico, el doctor Lejard, no supo que Vallejo estaba muy cansado. Que murió de un renovado paludismo.

Fuente: CUBADEBATE

 

 


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