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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 16, 2012


Las Sombras que no olvidamos
Romualdo Retamal

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Sueños y Despertares

 

 

            Virginia Escobedo fue dos años compañera de estudios en la escuela de Bellas Artes y Periodismo. Quería, como meta, llegar a ser una buena actriz de teatro. Su interés por el arte sobre las tablas se sustentaba en el inapreciable privilegio de cercanía que tiene el artista teatral con el público y la capacidad, por este mismo motivo, que tiene también el teatro de decir en forma directa, en un ahora y aquí, advertencias de lo que pasó, pasa o puede pasar a los humanos en sus existencias, nos explicaba. Siempre tuvo un singular éxito en las pocas representaciones que los estudiantes lograron poner en escena por aquellos años. Tenía un talento muy natural de decir cualquier cosa haciéndola aparecer como casi verdadera. En aquellas representaciones tuve la oportunidad de comprobar que, en parte, ella tenía razón en aquello de advertir, advertíamos claramente su paso armonioso, su voz tratada ya en tonos dulces ya en tonalidades más agresivas y, sobre todo, advertíamos el ir y venir de su cuerpo esplendoroso.

 

         El teatro, en aquella época, era para ella la vida sinopsistizada en sus esencias, así como una ráfaga pub de coca-cola, y todo esto en una escena de cuarenta por veinte de fondo. Virginia, por su belleza y su talento natural para decir casi verdades, fue en aquel tiempo una muchacha sola, siempre rodeada de comparsas masculinas queriendo hacer suya esa flor y muchachas queriendo marchitarla a fuerza de mentiras y cabronadas diversas. Su naturaleza la inclinaba más bien hacia el teatro poético, no así a la comedia simplona y burda de boulevard donde, según ella, el fingimiento del artista debía exponerse a tours de forces grotescos a fin de hacer reír o llorar, como la tragedia, a seres que más bien iban al espectáculo para pasar una tarde agradable, a escuchar personas adultas que jugando al que te lo digo y toma lo que quieras dijeran, efectivamente, cosas que se pudieran tomar o dejar, y esas cosas sólo se podían decir, según ella, en un tono intermedio, en la tonalidad del decir común ordinario y cotidiano de las cosas simples en apariencia, pero profundas, si el texto es bueno, claro y directo.

         Compartí muchas tardes de charlas sobre el arte con Virginia. Su posición anti diva en el arte me cautivó siempre, conocí también a sus padres y a su hermano Antonio, su madre, menos hermosa que Virginia, se distinguía por una mirada llena de ganas de vivir, escondía esa mirada quizás una naturaleza apasionada, idealista, que no encontraba reposo en el seno de una familia aburguesada y superficial como tuve la oportunidad de comprobar más tarde. Su padre, nada de particular, un buen trabajo en un banco, una cara satisfecha con lo que era y su hermano Antonio, estudiante en derecho, poco o nada se le veía en casa, me dijo Virginia. Nuestra común aversión a las cosas establecidas fue, en cierto modo, el lazo que nos mantuvo unidos por largos años. Bastaba la representación de alguien tratando de actuar bien su rol social para que nuestras miradas se cruzaran riendo para allá y para acá apostándonos quién sería el primero en salir con alguna ordinariez que rompiera con la situación pedante que amenazaba invadir el círculo de aspirantes a artistas que constituíamos Virginia, yo y ciento cuarenta y cinco más, en la bendita escuela de Bellas Artes de aquellos ya perdidos años.

 

         Un día Virginia no apareció más por la escuela. Después de dos semanas de esperarla aparecer fui a su casa y su madre me confesó angustiada que Virginia había desaparecido de la casa hacía más de una semana. Se fue con alguien, pregunté. Con nadie que sepamos, me contestó su madre. Doce años más tarde la encontré en un parque del área céntrica de la ciudad. Estaba sentada, sola, con una pierna sobre el banco, una manzana en una de sus manos, semi recostada contra el sillín de una bicicleta. La reconocí de lejos, aún sin distinguir su rostro, toda esa figura me dijo que era ella. Me acerqué pensando qué le diría. Llegué a su lado y la miré, mudo, quizás sonriendo. Ella me miró, nos quedamos así, mirándonos sin decir nada. Me senté a su lado, ella bajó su pierna y se acercó más a mi, sonrió y me preguntó, cómo estás. Ella era la misma Virginia que vi tantas noches antes de dormirme preguntándole dónde estás, qué haces. La misma, hoy su belleza más madura, flor más expuesta a la vida, más marchita, como yo, más de todo. Vivía a diez minutos en bicicleta del parque, venía sábado por medio a mirar el río, a no pensar, a comerse una manzana en silencio, a estar con ella. Le pregunté si era verdad, o una casi verdad, que venía cada sábado por medio a ese parque. Hace un año que lo hago, me dijo, pienso que lo seguiré haciendo por mucho tiempo más.

        
Volví al parque algunos años después de ese encuentro mudo con la esperanza de volver a encontrarla. La esperé toda la mañana pero no llegó, volví el sábado siguiente y el subsiguiente y cada sábado durante cuatro meses, hasta que llegó el invierno con sus lluvias, me fui entonces quedando en casa recordando el banco y repitiendo lo que le debiera haber dicho la primera vez que la vi comiendo una manzana sin saber si las gotas de agua resbalaban en mis mejillas o sobre el vidrio de la ventana que miraba sin ver. Fue mucho tiempo después, a la salida de un espectáculo teatral, atravesando la calle húmeda y oscura para entrar en el bar que Virginia entró conmigo, me llevó hacia una mesa y me sentó frente a ella. Te gustó, preguntó, no, y a ti, tampoco, me contestó. Porqué desapareciste de tu casa y de la escuela, pregunté muy apresurado. Algo dentro de mi me decía que tenía que ir hasta el final del compromiso conmigo misma, me dijo. El teatro supongo, pregunté. El teatro me acercaba a la gente pero no era suficiente, la gente se me acercaba pero tampoco era suficiente, había algo, siempre flotando alrededor mío, algo de no real, de ficticio, de anormal en mi vida, yo no quería seguir diciendo semi verdades sobre la escena, quería decir verdades en la vida real y asumir las consecuencias sin el privilegio de todo ordenar de antemano para luego darlo como receta. Pero…., me atreví a decir, el teatro es como una conciencia colectiva, ha servido para oponerse  a la injusticia… Eso lo pensaba yo también, pero ahora es sólo una variante más de la literatura, es la voz de un individuo, o, raramente, de un pequeño grupo de individuos, el teatro verdadero lo practicaban los antiguos, oralmente, el narrador contaba la verdadera historia de los  pueblos, su cultura, sus bajezas y sus actos heroicos, nadie mentía ni decía cosas a medias, era la historia vivida porque a nadie se le hubiera ocurrido mentir a sus Dioses ni menos a sus Mitos, el narrador se jugaba la vida en cada palabra proferida. Es por esto que el decir semi verdades sobre la escena, aunque éstas tuvieran la pretensión de ser verdades, me impedía decir mis verdades mías. De pronto me di cuenta que hablaba por autores, por parlamentos aprendidos y obligada a creer, hablaba por boca de otros, llegué a no distinguir mis frases de las semi verdades que los textos y la escena me obligaban a decir, para dar respuesta y pasar como original o inteligente, me apropiaba sin darme cuenta de afirmaciones aprendidas de memoria, mi memoria ya no era la mía, era un ramillete de semi verdades que al instante de volcarlas a la vida real parecían profundas pero que en realidad no eran más que injertos, incomprensibles e inadecuadas para el panadero de la esquina. Encontré todo eso falso, indecente, me convencí de pronto que no tenía el derecho de hacer como si cuando sabía que no era, tenía que retroceder en el tiempo, buscar más profundo, saber de una vez por todas qué era lo que tenía que decir de verdadero, me busqué hasta encontrarme, hasta que supe cómo poder comunicarme con mis semejantes sin falsear una sola sílaba, entonces callé, escuché y miré, no dije nada que no supiera, atravesé pueblos remotos, países que nunca pensé visitar, volví a las cavernas de mi especie, puse mi mano sobre la mano del primer relato verdadero, recorrí extasiada los prados, los caballos y los ciervos y los toros, recorrí hechizada las hermosas formas tan reales de esa tropa que nos mira desde tiempos remotos bajo la tierra allá por Santander, esquivé policías y carabineros y dormí escondida en la cueva de las Casas y de la Hoz, junto a relatos superpuestos de figuras antropomorfas que en toda su inocencia imaginada nos transmiten en unos pocos trazos toda la verdad de lo humano. Comprendí entonces que la imaginación humana tiene dos caras, una, imaginación plena de conocimientos, de verdades humanas, capaz de transcender el espacio y el tiempo de la realidad concreta y sus objetos para relatarnos verdades sacadas de la memoria de la especie, y que por este mismo motivo, nos alumbran el futuro, nos recuerdan que somos humanos y nos enseña a seguir siéndolo, la otra, imaginación desaventajada, palabra de narradores prestidigitadores cuyo truco resulta evidente, semi verdades que mejor es ignorar. Mi teatro es hoy entonces la Vida, mis textos los que de ella aprendo, y así vivo, buscando con la esperanza cierta de que en alguna parte tropezaré siempre con relatos-vidas o imaginación-vida que me colocarán en el camino de las certidumbres. Con esta esperanza, tranquila ya con mi memoria, puedo relatar mis verdades y la de aquellos que he conocido, puedo recuperar sus actos y sus pasos en la tierra, en fin, creo que me he convertido en una antropóloga de lo real concreto, de todo lo que para mí es irrebatible por toda la verdad que encierra. ¿Y tus padres, cómo reaccionaron a tu peregrinaje?. No los comprendo, me alejaron de sus vidas, hace quince años que no los veo ni a ellos ni a Antonio. ¿Y de qué vives?. Escribo uno que otro libro bajo el seudónimo de Alma Téllez, el nombre de soltera de mi abuelita. ¿Alma Téllez, tú?.

 

 

         No nos quisimos casar pero ella es la madre de mi hija. Vivimos diez años juntos en los cuales Alma Téllez estaba siempre partiendo, un día no regresó más, creo que nos ama todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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