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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 16, 2012


Relatos de abuelitas
Romualdo Retamal Maureira

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 Versión Impresora 

                                   El misterio del pasaje 18

 El anciano  de cejas y sobretodo peludos tenía un pacto con el Diablo. Esa era la Vox populi del barrio y sus terrenos aledaños. El anciano era el instrumento, su conejo era el Diablo. El anciano y su conejo aparecían y desaparecían siempre a horas tardías de la noche. 
Para que nadie los viera, decían los vecinos del pasaje 18 del barrio Los Blancos, nombre en honor a un club de fútbol del que toda la población era fanática. En la casa del anciano y el conejo, que la había arrendado hacía poco, menos de un mes, se mantenía siempre una luz encendida, la gente del barrio al pasar por el pasaje 18 lo hacían por la vereda de enfrente de la casa, nunca por la vereda que se extendía a 1 metro del pequeño anti- jardín de la casa del demonio.

La explicación más lógica que circulaba en el barrio del extraño individuo era la que afirmaba que salía todas las noches con su conejo a buscar almas para luego ofrecerlas a su amo: el Diablo. Que para hacer este sucio trabajo el anciano tenía poderes sobrenaturales, su mirada hipnotizaba a las víctimas y el conejo les hacía repetir palabras en una lengua desconocida hasta lograr el encantamiento final que consistía en lograr la plena y natural obediencia a Satanás.

Cuando su perro apareció moviendo la cola por el patio trasero con el conejo lleno de barro y muerto en su hocico Valentín, el hijo  del profesor del Liceo Los Blancos, de 11 años, quedó paralizado de horror, luego, tiritando comprendió lo que se sentía cuando el terror se adueña de la mente. Valentín sintió sus piernas perder sus firmeza hasta caer arrodillado frente  a su perro que, quizás extrañado por la mirada de Valentín,  dejó suavemente el conejo frente al niño y se echó luego mansamente a su lado moviendo la cola. Valentín miraba al conejo  muerto convenciéndose que era el conejo del anciano del sobretodo negro. Después de eternos minutos, Valentín se santiguó y con sus ojos semicerrados tomó el conejo y entró a su casa, lo lavó con agua tibia desbarrasándolo de la tierra y el barro que le cubrían, le cepilló suavemente y lo roció con el perfume que usaba su madre. Lo puso dentro de una bolsa de plástico y se preparó para la misión más macabra de su corta existencia. Caminó con su saco plástico hasta la empalizada que delimitaba el terreno de su casa con la del vecino: el anciano y su  conejo. Empezó a cavar en la tierra hasta lograr hacer una cavidad suficiente para pasar su cuerpo a través de ella. Cuando atravesó se fue arrodillado hasta la primera ventana que encontró. La abrió sin dificultad y penetró en la casa. Se arrastró hasta el comedor donde en el centro de la mesa había una vela encendida, única luz en esa casa macabra.

Casi sin respirar, Valentín puso todos sus sentidos en alerta para asegurarse que nadie más estaba presente en la casa. Avanzó de rodillas por un pasillo hasta la primera puerta y la abrió centímetro a centímetro; una cama, un pequeño velador, una cómoda de seis cajones y un espejo con su vidrio pintado en negro. Eso era todo. Valentín entró, dejo al conejo acostado en el centro de la cama como durmiendo, salió, cerró la puerta del cuarto y se retiró de la casa de la misma manera con la que entró. Llegó a su casa y se escondió llorando debajo de su cama hasta que se durmió. De ahí lo sacó su madre, Valentín abrazó a sus padres diciéndoles que se sentía enfermo, despertó poco después de medianoche al escuchar unos gritos espeluznantes, sólo pudo abrir sus labios para rezar un Padre Nuestro, su cuerpo se llenó de sudor y quedó rígido de las rodillas hasta el cuello. Escuchó sus padres salir de la casa, escuchó también el griterío de gente que se mezclaba con los alaridos de un loco que destrozaba la casa vecina rogando al Demonio de tener piedad con él, llegó un momento en que todos corrían y gritaban como poseídos por largos minutos hasta que todo se transformó en murmullos, llantos y sirenas de policías y ambulancias. Sus padres entraron a la casa seguidos de dos policías y la señora Laura la vecina que vivía frente a la casa del anciano del sobretodo negro y peludo.

La señora Laura casi les gritaba a los policías: ¡Ése hombre es el Demonio oficial, hay que encerrarlo!, es un peligro…- Entró otro policía y dijo – Se identificó al sujeto mi teniente, está más tranquilo pero muy afectado, se llama Carlos Mendoza, trabaja hace 15 años en el circo, ese que llegó hace un mes a la pobla, adivinaba la suerte con su conejo, ayer se le murió el conejo, dijo que  lo  enterró en el patio y en la noche apareció durmiendo en su cama, dice que es una maldición del demonio…- Todos se miraron con sorpresa, la señora Laura murmuró entonces -  Esto es cosa del Diablo, pobre viejo, qué otra cosa podía hacer  que volverse loco.


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