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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 21, 2012


El conde Rioja, Jaime y el Arte
Romualdo Retamal

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El conde Rioja, Jaime y el Arte

 

         El conde Rioja, amigo entrañable, que siendo, años atrás, cónsul de su país Bolivia en la capital de mi país cuando sólo tenía 24 años de edad, compañero en la escuela de Periodismo por esos mismos años, y a propósito de su vieja anécdota de haberle dado el salvoconducto, sin saberlo porque no lo reconoció, al Che para que entrara a su país, me contaba, Jaime estudiaba Filosofía en una de las universidades particulares más reputada de entre las que habían surgido por doquier a finales de los años 70, y que surgieron como surtidores de saber a la carta, personalizadas, libres de toda atadura, ya sea económica o fiscalizadora del Estado. Producto de una reforma educacional propiciada por sabios militares y que apuntaba a un futuro moderno y esplendoroso de la patria y sus ciudadanos, éstas ágoras del conocimiento heteróclitas impartían saberes prestados de aquí y acullá sin poner reparos, sin hacer mientes, de ningún consejo que mirara hacia la dirección contraria del camino ya trazado y que tenía como stop final la transformación total y radical del concepto de universidad social por aquel de universidad privada, es decir, si desarmamos el eufemismo, en empresa privada.

 

         Jaime, me contaba el Conde, nos decía: lo social, o lo interhumano si ustedes prefieren, consiste solamente en una cadena complicada de relaciones y en estas relaciones el hecho fundamental, el que determina los comportamientos humanos, es la distancia relativa entre un humano y otro. Comenzamos sin quererlo conscientemente a tratar de no ir a los lugares que él frecuentaba, aquel que no podía esquivarlo se mamaba una media hora de explicaciones vagas sobre la sociedad moderna y el diario vivir sin poder intervenir, no sólo para rechazar o asentir alguna afirmación, sino para indicarle por cualquier medio posible que debía dejarlo. La última vez que lo vi en aquella época Jaime andaba preocupado de determinar las raíces socio-sicológicas de la moda. Me dijo: fíjate, la necesidad de la moda en las sociedades es un fenómeno cíclico. La moda es, mi viejo, entre los fenómenos sociales de esta especie, el que mejor corresponde a los procesos indicados por Tarde, la moda consiste, y escucha bien viejito, en una invención, seguida de una imitación intraesposmática que va siendo de más en más popular hasta lo inconsciente, y, fíjate, es esta inconsciencia irracional posmática la que determina, ineluctablemente, el propio proceso en sí.

 

        
Noche estrellada, Van Gogh
Años más tarde, más de diez fueron, lo encontré en casa de Orlando en ocasión de la presentación privada del último libro del dueño de casa La Metafísica y el Arte. Más delgado, sus ojos cansados saltaron de sincera alegría al verme y no tuve ya el coraje de esquivarlo. Me dijo: sinceramente dime, a quién mierda le importa hoy la metafísica y menos el arte. Yo considero el arte actual como una manifestación alienada de la primogénita necesidad de expresarse que tiene el humano, sobre todo, en aquellos como nosotros, que vivimos en sociedades de mierda. No digo con esto que no pueda haber alguna maravilla escondida en alguna parte, o que entre todo lo que se dice arte no haya algo recuperable, no, el problema radica en que lo recuperable es mínimo, es insoportablemente minoritario, y lo otro, lo alienado, intolerablemente mayoritario. Ve tú el cine, verbi gratia, una que otra palabra verdadera, pero estéril ya que nace avasallada y silenciada por las basuras del imperio, la pintura y el teatro, remedos de púlpitos desde los cuales execran nuevas religiones oradores individualistas, síntesis maso-esquizomaníacas sin secretos ni respuestas esenciales, la televisión, consuelo de tontos, madre bastarda de la incultura masiva, te matraca con toneladas de publicidad abyecta y nadie reacciona, todo el mundo atontado, cretinizado por mercaderes indecentes que deberían estar en prisión por el daño irreparable que le hacen al humano, y la poesía y la prosa, mayoritariamente laberintos huecos, escupitajos formales sin historia, disfraces de verdades. La ficción, mi viejo, la han desnaturalizado. El poder de la imaginación se ha convertido en mercadería, ya no tiene utopía, es estéril, es pragmático. Lo han esterilizado de humanidad. La palabra hoy está prostituida en imaginación virtual porque, fíjate tú, abre cualquiera novela, lee los primeros párrafos, cierra el libro y pregúntate después: Quién habla, a quién, con qué propósito, con qué derecho, a qué precio, por qué tengo que creer lo que dice no sé quién a no sé quién, qué importancia tiene lo que no sé quién dice de algo que, como si no fuera poco, es lo que se le ocurre a un perico que no estoy seguro si dice eso para comer o para hacer comprender algo al resto de los pericos que son capaces de comprar lo que él dice que es la verdad de no sé qué. Vas viendo el tejido de alienaciones que se va formando por el sólo hecho de leer una novela. No me digas nada porque sé que me vas a salir con la monserga de que hay algunos superdotados que pueden a través de abstracciones imaginadas dar correctas interpretaciones del vivir humano, o lo otro, más absurdo aún por ser atornillado por aquellos que viven magnificando el arte para mejor parasitar del engaño, que las convenciones artísticas, que la forma y el contenido, que la metáfora, que quién es más original, que el jugueteo de la palabra, románticos y realistas son todos fumistas, al mundo de la novela entramos como pelotudos en paños menores, tenemos que aceptar su mundo imaginado como real porque, vea usted, lo artístico imaginario habla a la imaginación de aquel que se lo apropia, lo artístico es una contemplación lúdica, el placer estético es asunto del espíritu. El placer estético, la contemplación a través del espíritu de lo artístico son modas aceptadas por el humano para escapar de la mierda en que vivimos, son escapismos irracionales y nada más. Desde cuando, dime tú, un perico que escribe ficciones conoce más de la vida que aquel que se desloma cada día para vivir en la vida real. La hija enferma cuando llegas cansado de tu trabajo, el embrutecimiento semanal del trabajo forzado para poder sobrevivir, el llegar de rodillas al fin de semana para disfrutar con tu familia algunas horas, el terror de caer enfermo, de vivir en perpetua inseguridad, siempre con el torniquete en la guata porque sabes que en este momento sí, mañana tal vez, la vida de cada instante, la verdadera vida entiendes, aquella que te va matando cada segundo por lo chato, monótono, insoportable que es el diario vivir, claro está, debemos inventar razones para no terminar todos suicidándonos, son las boludeces vitales de las que nos habla Baroja, el dios padre de cada día, la pureza del matrimonio, las bellezas que nos da gratis la naturaleza, la solidaridad de los pobres, los hijos, don divino, el arte como reflejo de la vida, pero para qué carajos necesitamos reflejos, para qué mierda necesitamos que nos cuenten lo que viven personas imaginarias si nuestras verdaderas novelas individuales las vivimos a cada día, dime viejo, quién novela la vida de doña Rosa, la lavandera, desdentada por lo mal comido, vieja a los cuarenta años, gorda desguañangada de pura hambre y de comer mierda, no, no se encuentra ni una sola línea de la vida de la Rosa en toda la literatura universal, ni en la pintura ni en ninguna de las porquerías que llaman artes, y no me vengan con los realistas, social sobre todo, ni con aquellos artistas tan cerca del pueblo, ellos caricaturizan la pobre Rosa, la convierten en héroe cuando ella no lo es, o en anti-héroe cuando tampoco lo es, ella es Rosa y nadie puede novelarla porque su vida, sus dolores, todo lo que pasa en su pobre magín, nadie, nadie puede contarlo en su verdadera esencia, el verdadero arte es aquel contado en primera persona, y esa primera persona cuenta no lo que piensa o presume, que a nadie le interesa, sino lo que sabe, lo que ha podido comprender de la existencia, aquello que puede probar por haber sido pasado, verdadero, sudado, vivido por seres reales, ahí está la enseñanza de la vida, por ahí se comprende quién eres y quién soy, aquel que es capaz de encontrar belleza en el basurero humano, en el endiablado diario vivir y que además le quedan fuerzas para transmitirlo en forma veraz, directa, ya sea gritándolo en el patio de su casa o en un buen libro, ése es un héroe, los otros, los que piensan mirándose el ombligo y hablan desde sus testículos, aquellos que escriben para la galería de snobs adormecidos, eso es todo engaño, todo falso, pequeña filosofía de feria barata, entretenimiento escapista de sociedades enajenadas de lo real, si cada uno contara su propia historia otro gallo nos cantaría viejo, las artes, ... humo para sobrevivir viejo, nada más que para seguir viviendo, el arte de hoy es tan funesto como el dios te lo pagará de siempre, nos quieren hacer llorar por personas y vidas que no existen, nos sumergen en la catarsis del dolor ajeno imaginado para hacernos olvidar el nuestro, nos dejan inertes para el combate esencial, a lo más, y a los más cándidos de espíritu, los dejan listos para malgastar sus vidas en el combate imaginario de aberraciones propuestas por lo imaginado, el arte, viejo, es una más de las enajenaciones que aceptamos porque somos unas mierdas incapaces de transformar la realidad de las sociedades irracionales que hemos ayudado a construir con nuestro silencio culpable, porque somos incapaces de robar o exigir lo que necesitamos para arrebatarle todos los placeres a esta vida antes de morir, arrebatarlos porque lo merecemos, y lo merecemos por haber nacido, el arte, el placer estético, me cagó en ellos, lo que yo quiero ¡es vivir!.

 

         Jaime había dejado sus estudios privados personalizados hacía ya muchos años cuando lo encontré aquella vez en casa de Orlando, ya casi nada leía, en aquel tiempo había vuelto a vivir en el barrio en que nació y trabajaba en la ferretería de su padre, terminó contándome el Conde.

 


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