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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 21, 2012


Síndrome postpinochetista
Romualdo Retamal

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Síndrome postpinochetista

(Documento desclasificado del Secreto Profesional de un Sicólogo bajo la Dictadura de Pinochet)

 

Les puedo asegurar que es casi inimaginable lo que una mente herida puede urdir y contener de realidad vivida y sentida en su necesario combate contra todo lo degradante que la rodea. Digo casi inimaginable porque nadie se lo puede imaginar, salvo los pacientes y los que ejercen bien mi profesión. Sicólogo independiente, sin hipnosis ni apellidos, hace diez años que estoy a la escucha del consciente y el inconsciente de entidades heridas. Esto, me ha permitido llegar a convencerme de dos cosas. La primera, que el dicho “la realidad supera la ficción” no es solamente un lugar común, la segunda, que el trauma ocasionado a estas personas, un día u otro, explotará en actos radicales de venganzas o bien en una pesada tristeza que no se apartará jamás de sus miradas. Vemos a diario imágenes de personas inmoladas por la demencia y el salvajismo de seres enajenados en su realidad concreta, éstas imágenes, vehiculizadas por los medios de información mundial como una cadena especializada en la cara oscura de la Humanidad, nos presentan el sufrimiento en vivo de víctimas directas de la locura y sus extremos. Detrás de estas víctimas hay también otras, no tocadas directamente por el desvarío humano, no son víctimas directas, ellas son sólo almas sensibles que observan la demencia desde una aparente inmovilidad. Para mí, la vida es un acto cósmico de escritura, por esto, amo la literatura. Pienso que, así como el universo escribe desde la noche de los tiempos el palimpsesto que contiene el secreto de la creación de la vida tal como la conocemos, así también el humano, réplica liliputiense del universo, escribe su propio libro, secreto, por ser escrito en mil lenguajes, por esta razón, cada mente es un enigma y cada humano es un libro. Mi trabajo consiste entonces en dejar hablar, escuchar e interpretar. Y, como insinué al inicio de nuestro encuentro, lo fantástico, maravilloso y terrorífico que he escuchado superan en todo a lo que he visto y leído en las ficciones. Uno de mis pacientes ilustra bien la batalla de una mente herida y su camino por exorcizar los fantasmas de una realidad opresora. De esta batalla y de este camino soy testigo y me hago relator porque estoy convencido, como afirmaba Freud, que la salvación está en la palabra. ¿La batalla?, un hombre en lucha con su presente, ¿el camino?, la crucifixión de un sueño y la muerte de una vocación. ¿El hombre?, Luciano Salvatierra, ¿el sueño?, un mundo mejor, ¿la vocación?, escribirlo, ¿el problema de todo esto?, respirar, comer, hacer sus necesidades, vivir y amar …en ese mundo mejor. Precisamente: <…años después, quizás miles o quizás menos, joven me acerco a comprender el significado de las cosas, los paralelos, la historia, el instinto, el fenómeno, lo inteligible, la idea prístina, la frase aseverativa, la apofansia del juicio singular, el habla imaginaria y las palabras directas del hablar humano…> escribió en el prefacio de su primer libro el hombre. Como puede inferirse de estas cortas frases, Luciano Salvatierra, el hombre, efectivamente se acercó (él utilizó este término, pero el más acertado hubiera sido, (se) enfrentó) a cosas muy serias. Fue en la mera época de ese enfrentamiento que lo conocí. Desde nuestra primera conversación sospeché en él una naturaleza singular, sus opiniones y sus actos me parecieron responder a una persona que llegó a la vida sin armas para enfrentar la violencia, y, tal como la necesidad crea el órgano, su carencia de armas se llenó de una sólida exclusión, entonces, desde ésta, su particular soledad, se hizo duro como la piedra viviendo no tanto en la vida sino más bien en lo mucho de fantástico que existe detrás de ella. Me imaginé siempre a Luciano como esas flores que nacen en lugares sombríos, debajo de un umbroso árbol por dar un ejemplo, y estiran sus corolas como cogotes de jirafa para recibir el sol que les permite vivir. Aunque parezca contradictorio, su sombra también era su fuerza, porque sus actos no obedecían a ningún deseo de beneficio, sus actos eran gratuitos, eliminado el beneficio, Luciano se acercaba entonces a la muerte, porque sin recompensa nadie puede vivir. Cuando lo conocí, de tanto caminar al borde de precipicios Luciano había perdido ya la percepción del peligro. No se crea que por el hecho de vivir Luciano en una sociedad donde el crimen es un acto institucional el peligro del cual hablo es sólo de vida o muerte, no, el peligro que asechaba a Luciano era más profundo y no tan, en el sentido más prosaico del término, definitivo. Los bordes sobre los cuales Luciano caminaba su existencia eran aquellos que se encuentran entre la norma y la locura, por lo tanto, su libro se lee entre líneas, entre defensas y ataques, entre lo que es y no es, en fin, entre el acto de Desear y su camino. En esa época, el interés de Luciano se concentraba en la lectura, y paralela reflexión, de la filosofía, la historia y las letras en general. A pesar de su carácter introvertido, muchas veces me habló, o pensó en voz alta, sobre lo gratuito que le parecía la filosofía, para él: un juego más de la inteligencia, pero muy inferior en valor humano a la literatura. Los filósofos, afirmaba, más que especular sobre el Ser deberían preocuparse en la perfección del Ser, señalar, por ejemplo, una postura moral que justifique en la práctica humana el nebuloso término de civilización. Habría, quizás, que perdonar a Luciano esta radical afirmación porque la hacía viendo lo que vio desde que tuvo conciencia de la diferenciación (el Yo, el Otro y todo lo demás) y de la realidad de Chile, país en el que le tocó vivir, lo que le da a su afirmación una legitimidad particular, y, también la hizo, porque él siempre creyó que para crear un mundo nuevo era menester, como primer requisito ineluctable, imaginárselo, para luego atacarse a eliminar y reconstruir todas las ciencias del conocimiento, ya que, las revoluciones decía, las verdaderas, tienen su dominio en las ideas y no en las armas, teoría con la que dejaba afuera, por obsoleta y rancia, a toda alma que vistiera uniforme y portara un arma por ser estas personas doblemente inservibles en el mundo nuevo de Luciano Salvatierra.

Siempre he pensado, ya que por mis intereses también he tenido que rozar estos temas, que la posición de Luciano, podríamos decir, adversa a la filosofía, y sobre todo al aspecto dogmático de la teología, era el producto de una exagerada sensibilidad social de su parte. En cuanto a la historia, el interés de Luciano se centró más bien en América. Su reflexión se redujo a afirmar que latinoamérica había tenido una suerte bárbara al ser descubierta por los españoles porque, entre otras cosas, nos habían legado a todos por igual una identidad confusa y una historia engorrosa para hacer y deshacer a gritos y a patadas y, además, por habernos dado una misma lengua para comprendernos al gritarlas y al patearnos, todo esto, decía, no me parece poco. Estaba convencido de que a pesar de nuestras historias comunes de horror aún había tiempo para rescatar esas virtudes para hacer algo inteligente y hermoso de nuestros países, para eso decía, sólo se necesita repoblar de nuevo el continente. En la literatura chilena echó de menos la metáfora poética, la prosa nacional la encontró árida, como los desiertos del Norte, no vio reflejado en ella el jubiloso juego del inconsciente, el laberíntico camino de una conciencia sinuosa con su devastadora cuota de humanidad y tragedia. El tiempo y su historia no le dieron a Luciano la oportunidad de acceder a esa excelsa representación literaria del alma humana, que él llamaba, su paradigma literario. No pudo porque en su vida se atravesó, dos veces seguidas y sin respeto, el infortunio disfrazado de esperanza. Éstas dos experiencias bastaron para echar por tierra una vocación literaria largamente preparada y deseada, y quizás, hasta anunciada, porque Luciano era extremadamente sensible a los signos de la vida. Después de estos infortunios, su deterioro intelectual llegó a tal punto que un día, agotado de su inútil esfuerzo por encontrar la fórmula literaria que él soñaba, culpó a la contaminación atmosférica de su ciudad, Santiago, por su fracaso, porque él presentía que se le morían diariamente muchas más neuronas que las que debían morir en un proceso normal de vida/muerte y en clima sano. En el aspecto general de la literatura y sus consecuencias sociales, concluyó que son los poetas los únicos que en el quehacer humano hacen avanzar al mundo hacia el verdadero progreso, porque ellos exploran la condición humana desde el oscuro lado del sentido común de la especie, son ellos, decía, muchas veces sin saberlo ni quererlo, los que con más claridad, nobleza y objetividad describen la lucha eterna entre la infamia humana y sus enemigas, la justicia y la libertad. Si todo el mundo leyera a los poetas con intención de aprender, decía, no estaríamos en lo que estamos. Fue por todo esto que Luciano decidió ser escritor de ficciones y no un administrador de Empresa, como alguna vez lo pensó. Si alguna virtud tiene Luciano como escritor es su autenticidad. En estas materias, él siempre desconfió de la retórica y del mucho adjetivo, de la sublimación de la vida y del metaforismo sensiblero, del paisajismo gratuito y del escandaloso escamoteo del diálogo y su hablar directo, por todas estas razones, él prefirió la prosa y no el verso, porque decía, le faltaba egocentrismo para esto último. A Luciano le gusta caminar a contrapelo de la moda literaria, él prefiere la vida a secas, a flor de sentimientos, y éstos, ni a él ni a mí nos han tratado muy bien.


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