Retroceder Home Correo Search Avanzar
     Palimpsesto 
 
 Relatos
 
 Reflejos
 
 Contrainformación
 
 Editorial
 
 Perfil
 
 Correo
Buscar

Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 21, 2012


Entre la Espada y la Biblia: Capítulo I
Romualdo Retamal

Enviar por Correo-E
 Versión Impresora 

ENTRE LA ESPADA Y LA BIBLIA

CAPÍTULO I
  

     Ese refrito de nubes color ceniza, multiplicándose en los espejos de los edificios las muy jodidas, amenazantes como centurias romanas, sobre nuestras cabezas, sosteniendo sus vuelos como queriendo ahogarnos, como queriendo aplastarnos como cucarachas sobre las veredas, por eso los que estaban por ahí sudaban, caminaban como autómatas, con una cosa negra pegada a los mocos, al cuello de la camisa, los más viejos pensando en el infarto, yo, por suerte estoy sentado en el banco de la plaza debajo de un árbol, pensando en el Supremo, sus incompresibles decisiones y su inveterada afición a jugar a los dados. Trato, también, de poner en orden mis notas, ésta famélica e intrahumana historia, buscando el color justo para que se lea añeja, gastada, repetida, para que los que gusten de narraciones con forma pero sin fondo ésta les huela a podrido, hedionda como baño usado sin ventana, buscando también, en la medida de lo posible, la forma, el estilo para que lo narrado sea creíble, directo y cruel como un malón mapuche narrado por un machife. Y, para que todo esto sea así, he concluido que lo mejor es parapetarme en la neutralidad, porque la neutralidad es como evaporarse, es como suicidar al autor, es algo así como hacer desaparecer tu carné de identidad, eres pero no eres, irreconocible, inubicable, algo así como matar a alguien con chapa.

 Gustavo marcó el 0 y después trató de marcar el nueve pero su dedo regordete se desparramó hacia el redial - ¡Mierdas de aparatos!, cada vez más chicas estas porquerías…- exclamó tratando de conectarse mientras caminaba apurado por la calle Huérfanos. Iba hacia el centro de ciudad aprovechando su corpulencia entre peatones que se basculaban pegándose codazos para ganar espacios en la vereda. Sentía las entrepiernas de su pantalón mojadas de sudor y su calzoncillo, tipo bóxer Calvin Klein, pegado y metido entre sus nalgas. Estaba por atravesar la calle Ahumada sin respetar la luz roja cuando se conectó. Aquí el inconveniente es que no sé qué es lo que dice, lo que grita sí, eso lo escuchamos todos - ¡Vende todooo! - , después se quedó callado, cerró la tarasca unos segundos escuchando, tapándose el otro oído y poniéndose en posición tres cuartos para que los empujones no lo tiraran a la calle, luego aspiró una bocanada larga de aire contaminado mirando a su alrededor como queriendo asesinar a todo aquel que le rodeaba, todo esto se vio clarito porque, aunque el día está nublado y lleno de humo de máquinas montadas por choferes sudorosos que se relajaban haciendo sonar sus bocinas, yo al guatón Castañeda no lo perdía de vista, más todavía, había decidido seguirlo, me convertiré en la sombra de este guatón desgraciado me dije porque había que decidirse por alguien, había que escoger, y a mí me cuesta, sobre todo cuando la vida me come y mis sinapsis se me alborotan, quizás por eso escogí al guatón Castañeda o quizás fue por su gordura rolliza y por mi negra flacura, por su anillo de oro en su dedo meñique, porque a los que estábamos por ahí él nos miraba como basuras, por eso decidí seguirlo, porque siempre he creído que la gordura es deshonesta, que el exceso de grasas es ofensiva, lo seguiré como su sombra me dije porque tanta grasa no puede andar por las calles con esa mirada de desprecio, que algo debe esconder para poder mirar así desde tan alto, lo escogí por todo esto y sobre todo porque los otros que nos acompañaban esa mañana iban y venían atorados, escupiendo pedazos de pulmones, como pescados atrapados en una pecera con agua del Mapocho, caminando como zapatos viejos, ajados, con gestos plomizos, con alientos como el mío, remolinos con olor a ajo, a cebollas rancias, a cigarrillos baratos, por eso escogí al guatón Castañeda, para no elegirme a mí mismo, para no repetir la misma historia, para no caer en el exceso, para no contar vidas de fantasmas, de vidas desvencijadas, de recuerdos guardados en celdas oscuras, a doble llave, de ojos ciegos de tanto mirar y esperar, no, eso no, ya no estoy para mirar hacia el abismo, por eso uso esta neutralidad, esta mirada suspendida, esta conciencia flotante, esta libertad de espíritu que nos permite hablar con un extraterrestre como si fuera tu vecino, este molto pianissimo, me pegaré al guatón como su piel, subiré y bajaré entre sus montañas adiposas, me incrustaré en su memoria como un tumor solapado, me haré microbio, gusano, exploraré su andar creando formas y transparencias con la misma determinación con que su sangre riega su esqueleto para darle vida, tomaré pastillas para combatir el sueño, me convertiré en un insomnio vivo, pianissimo, eso si, no lo acompañaré al baño, pero en cambio rastrearé sus huellas, su pasado y su presente, me volveré ubicuo como el padre de Ricardo que aparece y desaparece como los ángeles, me colaré en la piel de cada persona que con él haya tenido o tenga trato, seré un demiurgo democrático, un detective cuántico, atravesaré lóbulos frontales, occipitales, cerebelos ...
   ¿Y qué dice Castañeda mirando la estatua de Pedro de Valdivia, sentado en ese banco, al lado del viejo que lanza pedazos de pan duro a las palomas?, ¡Pedro, este país necesita guerra, somos demasiados, así ya no se puede vivir!, ¡el caballo te lo puedes meter en el culo Pedro...lo que necesito es tu espada!, ajá, tiene humor negro este Castañeda, a lo mejor se cree samurai, ah no, yo me pegaré a este guatón como su calzoncillo, bueno, me voy con él mirando la vetusta Catedral que mira la plaza y el paso del tiempo con el mismo interés con el que auscultan los Inmortales las faenas de los humanos en la Tierra.


 Llegó a su oficina y le dijo a su socio Pablo Ceballos, vendí todo, las acciones van a valer un puñado de caca al cierre de la Bolsa, el socio lo miró con cara de autista, además le dijo a su socio que tenía que pisarse a la Cristina Rincón, que se dejara de mariconadas de maridos apollerados, que se portara como un hombre, que se la pisara bien pisada y que después le exigiera que no vendiera sus acciones porque sino iban a perder un millón de pesos mensuales y que él ya estaba caminando para los sesenta y cinco y él sólo tenía treinta y cinco y que ¿quién es el mago aquí?, y que al huevón de Pascual Méndez le dijera que si no se decidía meterse en el negocio de la constructora Palacios se fuera a la mierda porque él llamaría entonces al de la Sotta que no sabe qué hacer con los millones que ha robado, porque el de la Sotta a los paraísos fiscales y a las bancas suizas no les cree ni lo que cagan y que no lo molestara más hasta después de la siesta porque la cabeza la tenía como bombo de parada militar, que le tiritaban las patas y que además era Viernes, que para él la semana estaba acabada. El rostro rollizo de Gustavo Castañeda comenzó a relajarse en su silla giratoria cuando las manchas coloradas de sus mejillas se fueron oscureciendo como haciéndome creer que el guatón no tiene un temperamento sanguíneo y que esas pasaditas de sus manos sobre sus cabellos encanecidos no eran para ocultar el palpitar de su corazón sobrecargado diciendo ¡A la mierda todo! mirando el cielo color monóxido de carbono por la ventana tratando de acomodar la panza para cerrar mejor los ojos, para inclinar hacia atrás la silla y poner las patas sobre el escritorio, para que no girara más la condenada, que así no se puede dormir por la puta madre porque si no duermo me mata el cáncer carajos, voy llegando a los sesenta y cinco, se me está acabando la vida y miro para atrás y veo pura mierda, viviendo al segundo porque cualquier error y dejo en la miseria a una cantidad de huevones que mejor me callo, es eso, es la responsabilidad que me está matando, y este presentimiento que me atora la garganta, que me ahoga como este esmog maricón…
   es tener que ir a ese pueblo maldito de La Mecha, eso es, todos me saludan con agachadas de cabezas…pero con sonrisitas disimuladas, sarcásticas, hambrientos de mierda, como si les debiera algo…ando hasta con escalofríos por la cresta, no disfruto de nada, no me queda tiempo ni para pisarme a mi propia esposa, siempre estoy cansado, apenas me quedan fuerzas para echar andar el auto, cresta, el cuello se me está poniendo como cogote de pavo y mañana tengo que ir a la quinta de La Mecha, a ese pueblo desgraciado, pero a la Isabel y los niños no puedo dejarlos todo el verano solos, es bueno el hueveo pero no tanto, pero ese pueblo de mierda no lo soporto, ni menos al Paso de la Cueva del Diablo, La Mecha pueblo de maricones...

 A propósito, oye Ricardo ¿no se llama La Mecha el pueblo donde naciste?, ¿donde correteabas las vacas embarazadas?, ¿donde tu padre...?, bueno, dejemos eso, pero recuerdo que me contabas las historias de tu pueblo y me decías lo mismo que dice el guatón Castañeda, que era un pueblo de mierda, que era pobre pero bello como una cueca acompañada sólo con cucharas y que era más viejo que tu abuela Erminigilda, que puta madre que era vieja, tanto que nadie sabía qué edad tenía, esa que te contaba la historia del pueblo porque los otros no la sabían ni les importaba porque andaban en otros menesteres, buscando a los que…bueno, dejemos eso, sé que te duele, a mí también…

 Ese día por la madrugada, cuando Ricardo despertó, no supo si había soñado o había estado pensando gran parte de la noche. De toda esa noche transpirada sólo le había quedado en la memoria una imagen color yema de huevos de su padre en la vieja fotografía y una angustia saltarina que le amargó la saliva y le resecó los labios. A menudo le sucedía lo mismo, pensaba (o soñaba) que era malo, muy malo, que torturaba seres despreciables en sótanos sombríos, disfrutando del dolor humano, matando con saña sin preguntar ni saber por qué,  pero…pero siempre despertaba (o volvía a la realidad) como si dos mil años de amenes le hubiesen lavado el alma justo momentos antes de abrir sus ojos a la realidad diaria. Abrió sus ojos y tardó unos segundos que le parecieron horas hasta que llegó nítidamente el ruido de las olas azotando el malecón del puerto, entonces, supo dónde estaba. Penosamente se puso de pie y se dirigió a la cocina para tomar un vaso de agua con dos aspirinas. La decisión de partir ese día la había tomado hacía una semana, cuando le avisaron que estaba despedido por causa de reestructuración de la Empresa. El quedar cesante le recordó lo que su abuela Erminigilda le había susurrado en su lecho de muerte: A menudo la Vida es injusta y cruel hijo mío, pero no pierdas nunca las esperanzas. Se acercó a la sala de baño pensando que, por lo menos en su caso y en el de otros que conocía, la vida había sido y era bastante injusta con él. Su padre, que sólo conoció hasta los seis años, formaba parte de esa clase de ciudadanos misteriosos y conflictivos que se les llama desaparecidos. Cuando pequeño, cada vez que escuchaba gentes referirse a su padre usando ese apelativo Ricardo se imaginaba que su padre había sido un ser sobrenatural, así como un ángel, que podía aparecer y desaparecer a su antojo. Su abuela se lo había confirmado, que era así le había dicho porque tu padre vino al mundo a impartir justicia, como un ángel caído del cielo, enviado por el Señor al lado del cual vive ahora mirando lo que hacemos.

 Ricardo, la decisión la tomaste dos minutos después de saber que eras un cesante más en el país. El anunció lo recibiste con la misma indiferencia que si te hubieran anunciado un aumento de sueldo, yo lo sé, te conozco bien, desde el día que nos conocimos en el barrio, tú tenías nueve y yo once, cuando el Checho le dijo al grupo que él meaba más alto que todos y se meo la cara ¿te acuerdas?, ya por esos años eras triste, de pocos amigos, te pesa la vida, te cuesta ser cordial, yo lo sé, prefieres seguir pensando como cuando eras pequeño, por lo que tú dices, porque tú hablas con tu padre cuando sueñas o cuando se te da la gana, por eso le prometiste a tu madre que irías a ver a tu padre, en cuanto tuvieras un poco de tiempo, así le dijiste, porque ir a ese pueblo para ti Ricardo es como ir de visita a una necrópolis, por eso nunca has querido volver, porque para ti todo el pueblo es un cementerio, y en él, no sabes dónde está la tumba de tu padre, por eso al día siguiente de que te advirtieron que dejabas de trabajar el primer deseo que se formó en tu cerebro fue el de asesinar al dueño de la Empresa, porque tu despido te dejó indefenso, sin escapatoria, por eso despertaste sudando y te secaste con tu antebrazo derecho la transpiración de tu frente y luego te pasaste tu mano por el mentón comprobando tu barba crecida, cerraste tus ojos y trataste de rescatar las imágenes que acababan de habitar tu sueño, o tus pensamientos, y sólo pudiste reconocer el rostro de tus padres, el de tu padre de la fotografía, sonriendo, junto a tu madre que sostenía un niño entre sus brazos y que miraba serena a la cámara y por eso también exclamaste, ¡Dios, como duelen los muertos!, mientras aspirabas fuerte el aire marino para no llorar, entonces pensaste en volver a tu pueblo como un peregrinaje, como ir a Compostela, así lo pensaste para darte ánimos, para vencer el terror de regresar a tu pasado, y como ahora el guatón Castañeda menciona el pueblo de La Mecha a mí se me hace que es el mismo pueblo de mierda, tiene que ir a encontrase con su familia y además... ¡pero, la puta madre, no puede ser una coincidencia Ricardo!, habla de un Paso en la Cueva del Diablo, sí lo sé, el Diablo está en todas partes Ricardo pero le basta una sola cueva ¿para qué más?, es verdad Ricardo porque para allá me las estoy echando con el guatón como a la una de la madrugada porque el Castañeda no podía dormir pensando que ese maldito presentimiento es como el esmog, lo tengo pegado al cogote, no me deja vivir, he perdido el interés por todo, ¿porqué a mí?, mucho peores que yo andan riéndose por las calles… ¿por qué yo...? y bla bla bla, poniendo cara de víctima, como queriendo que mi postura ecuánime se apiade de él pensando tal vez que yo soy pasado por la cola del pavo, allá él, acá yo mirando lo que nos rodea para no perder el hilo, no vaya a ser que por tratar de analizar mis sentimientos comience a escribir burradas, porque imaginación tengo, pero lo que me cuesta es poner las cosas una detrás de la otra y además la claridad del alba era un bello espectáculo, apenas dibujaba unos rayitos de colores detrás de la cordillera cuando el guatón Gustavo, después de haber recorrido media hora por el camino pedregoso del desvío, se enfrentó a la subida que llevaba al paso del Diablo, redujo maquinalmente la velocidad de su vehículo y puso la tercera marcha aunque el auto no la necesitaba, roncó el motor del vehículo reculando su ímpetu mientras Gustavo se restregaba sus ojos cansados con su mano izquierda.

Eran las seis y cuarto de la mañana cuando Gustavo entró por la calle principal del pueblo La Mecha, aminoró la velocidad a 5 K/h porque una pesada neblina mañanera parecía esconderlo, frenó el automóvil un poco antes de llegar a la Iglesia para dejar pasar unos bueyes enyuntados que empujaban una carreta vacía, luego rodeó la plaza y tomó la salida hacia la Quinta, se detuvo frente a la alta puerta de fierro de la entrada sin querer tocar la bocina, descendió del auto y se fue caminando hasta la reja, se apoyó en los gruesos barrotes dejando descansar sus brazos extenuados y miró hacia el interior, todo lo sólido de mi mundo se encuentra aquí, pensó lleno de incertidumbres, el resto puede desaparecer en unos minutos, un mal cálculo y todo se convertiría en humo, así es mi vida, ¿cuántos de los que me saludan quisieran verme muerto?, mi única satisfacción se encuentra detrás de estas rejas, el amor de mis hijos y de Isabel, son mi equilibrio, mi razón de vivir, les he dado siempre lo mejor, por lo menos eso, que ellos disfruten de la vida, yo, ya qué importa. Sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió la reja, volvió a su auto y lo condujo directamente hacia el garaje, allí encontró a Juana que venía a su encuentro, qué temprano llegó patrón, dijo sonriendo la joven, así es Juana, por favor, tienes que cerrar la reja, ¿está la familia en casa?, todos durmiendo don Gustavo, contestó la joven caminando hacia la entrada exterior, Gustavo se quedó mirando su silueta, la redondez de sus caderas y la hermosura de sus piernas, se ha convertido en una hermosa joven se dijo mientras caminaba hacia la casa. Subió directamente a su cuarto, abrió lentamente la puerta y entró, Isabel dormía desnuda sobre la cama, se recostó a su lado sin desvestirse ni querer tocarla, encendió un cigarrillo y se quedó mirando el techo del cuarto pensando, carajos, nunca había sentido tanto miedo en mi vida, aspiró con ansiedad una bocanada de humo y lo fue soltando lentamente, creo que he descubierto el secreto de ese Paso maricón...sólo es peligroso para los que lo atraviesan con la conciencia negra...y para aquellos que le temen a la muerte, terminó diciéndose Gustavo pensando en no sé qué y con ganas de llorar.

Cuando lo vi con ganas de llorar me dio por pensar en ti Ricardo porque uno puede llorar de tristeza o de alegría, entonces, como el guatón Castañeda aún no lo puedo tragar, me acordé que ayer la Carla Castañeda salió al balcón del segundo piso y miró por sobre la baranda hacia la piscina y hacia el amplio parque de pinos y eucaliptos que rodean la parte trasera de la mansión de los Castañeda que quedaba a diez minutos en auto del pueblo de La Mecha. Su madre estaba sentada bajo un quitasol y leía cerca de la piscina, a su lado su hermano Andrés hacía lo mismo, eran casi las tres de la tarde, el sol enviaba hacia el lugar fotones caniculares casi a la vertical ¡qué hermoso cuerpo tiene mamá!, si parece una niña de veinte años, es hermosa, mucho más que yo, yo casi no tengo senos, lo que como se me va todo al culo, y en eso la Carla tiene razón porque el culo que tiene es como una pera perfecta pero de un peral muy, muy alto porque para agarrar esa pera hay que ser un huevón muy alto y por lo muy menos tener ojos azules y más dinero que el guatón Castañeda porque en estas cosas el ropaje no hace al santo como decía mi abuelo cuando hablaba de arribismo social jugando a la chiflota con el pucho de tabaco negro en la boca en el boliche que quedaba en San Pablo casi llegando a Matucana y porque además de la pera Carla tenía unos ojos azules y un rostro de Madona renacentista, lo que quiere decir que tenía todos los requisitos para ser una Musa que en esos momentos le dio ganas de bañarse en la piscina pero su madre le dijo que tenía que ir al pueblo, a ver la costurera para saber cómo iba su vestido, lo que era mentira porque a lo que iba era a telefonear al comisario Ramón Huidobro que era su amante de verano desde hacía cuatro años para decirle que aceptaba el desafío, pero sólo por un ratito, de encontrarlo pasado mañana en la casa del lago a pesar de que su marido llegaría el día siguiente en la mañana y como la señora Isabel Castañeda iría al pueblo La Mecha me agarré de eso tratando de recordar lo que me contaste del pueblo haciéndome reír como cabro chico en un circo comiendo chocolate, porque tú si tienes imaginación Ricardo, porque de todo lo que me has contado, lo que te contaba tu abuela te lo creo, pero que le pusiste, le pusiste, y entre más le ponías más me embelesabas, me embrujabas con tanto detalle como si la mierda de pueblo lo estuvieras viendo, como si te estuvieras comiendo los choclos que te robabas, como si escucharas los cuacuateos de los patos y olieras la bosta de los caballos, debe haber sido por eso que cuando entraste al pueblo a media tarde te pusiste nervioso y se te quedó pegada una lágrima en un ojo, volvías cesante y como con mil años de retraso después de la borrasca, por eso dejaste tu auto como amarrado junto a la plaza, para creer que no te habías ido, para creer que tu madre estaba viva y que tu padre....bueno, te fuiste a la casa de doña Ana que te recomendaron para alquilar un cuarto y pagaste adelantado porque te gustó, porque su ventana daba hacia la plaza y porque el olor a madera vieja del cuarto y la jarra y la palangana de losa antigua arrinconadas en la esquina de la pared del fondo llenaron tu alma de sensaciones casi olvidadas de tu infancia, imágenes borrosas surgidas de detrás de baúles antiguos, atracados junto a paredes roídas por el tiempo y la humedad en el cuarto al final del patio trasero, ahí jugaste hasta cumplir ocho años con las sombras y la imagen de tu padre, oliendo las camelias de las ventanas y los cardenales del jardín, entonces avanzaste hacia la ventana, abriste una de sus hojas y respiraste con alegría el aire fresco de la tarde, fresco como la imagen en tu memoria de las veces que acompañaste a tu madre a manifestaciones de Familiares de Desaparecidos en esa plaza, en la plaza del pueblo de tu infancia y ya estás allí, mirándola largamente con tu memoria pegada a tu mirada, atando recuerdos disparatados, mezclando tu infancia con amores ya olvidados, con tus combates no terminados hasta que, cansado, tus ojos se cerraron dejándote como un suspiro la imagen de tus padres sentados en un banco de la plaza tomados de la mano mientras que yo, insomne, buceaba en mi cabeza buscando la manera de darle cuerpo al pueblo, de vestirlo con tus palabras para volver a reír junto a ti…

Pero la Isabel me molesta porque después de llamar a su comisario Huidobro se queda mirando hacia la iglesia y sólo piensa en su cita de mañana en la casa del lago y le pregunta a su empleada Juana ¿queda de esto en la casa, queda de esto otro?, dime pues niña qué más hay que comprar porque tú sabes que a Gustavo no le gusta que falte nada y además odia el pueblo, Gustavo está acostumbrado a la vida frenética de la urbe, a correr siempre detrás del tiempo, le cansa la monotonía del pueblo y su paso detestable y dale que dale a la tarasca, por suerte vio al padre Juan Romero que recibía a los primeros parroquianos que lo saludaban casi hincándose delante de él, ¡qué brutos Dios mío!, ¿le tendrán tanto respeto o será pura costumbre?, ¿oye Juana qué no es Abel el que está junto al padre?, ¡Dios mío, cómo ha crecido este pobre niño!, seguramente le dijo pobre porque el tal Abel tiene una historia extraña... y yo ahí comiendo tierra como los gusanos, imaginándome el pueblo porque de lo que me contaste no me acuerdo ni mierda, porque tengo memoria de gallina, como si mis neuronas no me contestaran, ¿el moco negro en mi pañuelo?, madre mía, a lo mejor el esmog me las debe estar matando, quizás por eso camino a ciegas moviendo mi tarrito vacío y no doy lástima, porque llevo la bacinica de mi vieja en la cabeza y una guitarra sin cuerdas haciendo como si sonara, entonces la gente no sabe si soy un mendigo o un payaso, por eso pasan sin mirarme, como al Arcanio Jara que le dijeron loco hasta esa medianoche llena de nubarrones porque se arrancó con la prostituta Beatriz, que en realidad se llamaba Melinda Inostroza, y que vino al pueblo para matar a los que la habían violado cuando tenía trece años y entonces el loco Arcanio, que su padre había desaparecido en la borrasca, habitaba el pueblo limosneando por todas partes con la oreja parada como perro policial con la ilusión de saber algo o encontrar a los que le habían desaparecido a su padre hasta que la desesperanza, el alcohol y el cansancio, lo obligaron a sentarse en la fuente de la plaza y ahí se quedó con dos carteles amarrados al cuello, con uno que le colgaba en el pecho y el otro en la espalda que decían: No me tengan lástima, la mía es mucha más grande por ustedes malvados, hasta que lo agarraron y lo metieron al calabozo acusado de disturbio callejero y del robo de una gallina que una vieja había cocinado y que la había puesto en el patio para que se enfriara, entonces la Beatriz pagó la fianza y se lo llevó a la casa Azul y ahí, mientras la Beatriz le contaba su historia y Arcanio la suya, decidieron matar mañana al cabo Poblete que la Beatriz ya tenía recontra individualizado como uno de los que la habían violado, así de simple o quizás no tan simple porque la Beatriz alias Melinda me hizo recordar a la tonta de la Angélica porque la Beatriz y el Arcanio le tendieron una trampa al cabo Poblete, justo a la hora en que se acaba la medianoche y comienza el mañana, y esa trampa me dejó el corazón bailando porque entonces comprendí lo que le había pasado por el coco a la Angélica para casarse con el que la torturaba ya que Beatriz esperó al cabo acostada y desnuda y dejó que el cabo la penetrara pensando, quizás es el padre de mi hijo…

(Continuará…)


Top of  Page

Relatos
Relatos de abuelitas
Las Sombras que no olvidamos
Entre la Espada y la Biblia: Capítulo I
Entre la Espada y la Biblia: Capítulo II
Entre la Espada y la Biblia: Capítulo III
Entre la Espada y la Biblia: Capítulo IV
Entre la Espada y la Biblia: Capítulo V
Entre la Espada y la Biblia: Capítulo Final
Síndrome postpinochetista
El conde Rioja, Jaime y el Arte