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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 21, 2012


Entre la Espada y la Biblia: Capítulo III
Romualdo Retamal

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Capítulo III

 

           

Arcanio y Melinda divisaron al jeep cuando tomó la curva hacia la cabaña. Hacía una hora que se habían trasladado a unos cien metros de la casa y se habían escondido aprovechando que las sombras del atardecer cubrían el bosque. Melinda se aferró del brazo de Arcadio con tal fuerza que éste lanzó un grito de dolor. El jeep se estacionó frente a la puerta de la cabaña, el comisario Huidobro bajó del vehículo, se metió una mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó algo que se quedó mirando en su mano derecha, luego miró a su alrededor lentamente, abrió la puerta y entró. Quince minutos más tarde entró por el mismo camino la camioneta pick-up de Isabel. Se estacionó junto al jeep y bajó. Vestía pantalón negro y un abrigo tres cuartos, sobre su cabeza un pañuelo y unas gafas oscuras. Miró a su alrededor un breve instante mientras la puerta se abría para dejarla entrar.

-       No puede ser – exclamó Arcanio – es la camioneta de la señora Isabel…

-       ¿Qué Isabel? – preguntó Melinda.

-       La esposa de Gustavo Castañeda, el dueño de la quinta…

-       ¿Viste?, en todas las clases sociales hay putas…

-       En las clases adineradas hay muchas más Melinda…

-       ¿Es verdad?, y ¿cuánto cobrarán Arcanio?

-      Melinda – dijo Arcanio mirándola – ahora tenemos que acercarnos, nos iremos por el bosque y bajaremos por detrás del  jeep, nos esconderemos en esa roca que hay allá, ¿la ves?, Melinda, nada de huevadas histéricas, ¿estás bien?...

-      Mejor que nunca Arcanio…

-      Bueno, vamos…

            Se fueron agazapados sin quitar la vista de la cabaña. Un pedazo de sol alumbró por segundos los cerros dejando parte del lago y la cabaña pintados de amarillo naranja, sobre todo lo demás caían las sombras del atardecer y una leve llovizna que el viento traía desde la copa de los árboles. Desde la cabaña llegaban sonidos de risas y una canción cantada en inglés, habían encendido una luz baja que era apenas visible a través de la ventana que daba hacia donde estaban estacionados los coches. Arcanio encendió dos cigarrillos pasándole uno a Melinda. Estuvieron un largo rato en silencio, cuando Melinda miraba a Arcanio éste le devolvía una sonrisa haciéndole señas de estar tranquila.

-       Puede ser su hija – dijo de pronto Arcanio en un susurro…

-       ¿Qué hija? – preguntó también en un susurro Melinda.

-       La hija de doña Isabel, es una chica muy bella…

-       ¿Es de tu edad Arcanio?

-       Más joven, unos veinte, quizás un poco menos…

            De pronto desde la cabaña llegaron unos gritos.

-       ¿Qué mierdas pasa?, ¿la estará matando ese hijo de putas? – exclamó Arcanio preocupado.

-       Son gritos de hembra caliente Arcanio, no te preocupes – respondió Melinda.

-       Pero, puta madre, qué manera de gritar…

            Volvió el silencio por largos minutos, súbitamente los gritos volvieron a escucharse, esta vez más violentos, se escuchaban nítidos los quejidos y el sentido de los gritos - ¡No, eso no Ramón, eso no! -.

-       Pero, ¿Qué mierdas le estará haciendo Melinda?

-       Seguramente algo doloroso…

-       Es un sádico, ese huevón es un sádico…

-       Puede ser Arcanio, aunque mis recuerdos de él no me dicen nada de eso…escucha, parece que la mujer está llorando.

            Segundos después, se abrió violentamente la puerta de la cabaña y la mujer casi desnuda salió gritando hacia su camioneta. Quiso subir pero fue atrapada por el cuello por el brazo del comisario, la arrastró hacia el interior gritando -¡Puta de los mil demonios, vas a ver cómo se monta a una yegua...! -. Arcanio miró asustado a Melinda preguntándole.

-       ¿Qué hacemos Melinda?

-       Este huevón la puede matar Arcanio, o la va a dejar hecha mierda…- respondió Melinda dudando. En ese instante desde la cabaña se oyeron gritos y cosas que caían con estrépitos, ruidos de golpes y quejidos - …Por ingrata, le quiso poner los cuernos a su esposo, que se las aguante…

 

            Al cabo de un rato los quejidos y los gritos de la mujer fueron aminorando, la luz del interior se apagó y todo quedó en silencio. Unos minutos más tarde se abrió la puerta y aparecieron las siluetas del hombre y la mujer acercándose a la camioneta de Isabel. La mujer parecía desvanecida con un brazo rodeando el cuello del comisario. Al abrir la puerta de la camioneta se encendió la luz interior del vehículo.

-       ¡Arcanio, la mató! – exclamó Melinda en un ahogo.

-       ¡Maldito, la mató! – exclamó también Arcanio llevándose la mano a su casaca para sacar el revólver - ¡Vamos Melinda, matémoslo!

-       Espera Arcanio, espera – le susurró al oído Melinda – pensemos Arcanio, pensemos. Se quedaron los dos mirándose y jadeando de excitación. – Arcanio, si lo matamos, ¿qué va a pasar con la mujer?. Arcanio dudó un instante.

-       Nos van a cargar los dos muertos Melinda... ¿y qué importa ya?, que nos carguen los que quieran, si alguna vez nos descubren…

 

            El comisario había colocado el cuerpo de Isabel en el asiento delantero del vehículo, había cerrado la puerta de la camioneta y luego se dirigió hacia la cabaña, la cerró con el candado, volvió y se subió a la camioneta de Isabel.

-       ¿Se va en la camioneta? – preguntó Melinda sorprendida.

-       Va a tirar el cuerpo a alguna parte Melinda, quizás al lago, va a hacer lo que teníamos planeado para él, ¡asesino conche e su madre!...- . Arcanio con el revólver en su mano tiritaba de impotencia mientras Melinda se aferraba con fuerza a un brazo de Arcanio.

-       Va a tener que volver Arcanio, deja el jeep, va a tener que volver a buscarlo – razonó Melinda mientras la camioneta se ponía en marcha dirigiéndose hacia el camino  ancho.

-       La va a tirar al lago Melinda – dijo Arcanio al mismo tiempo que se desprendía con un fuerte tirón de la mano que lo sujetaba – voy a ver dónde la tira, no te muevas de aquí…

 

            Melinda siguió con su mirada su carrera por entre los árboles hasta que se perdió por detrás de la cabaña. Sin fuerzas, se sentó apoyada en la roca, se llevó las manos hasta su rostro y comenzó a llorar. - ¡Madre mía, que cosa más horrible!, que pendeja es la vida madre mía, qué asco todo, dejaría todo botado, mi venganza, para qué sirve la venganza, ¿de dónde salen humanos tan perversos?, ¿qué mierda tendrán en sus cabezas?, no, este animal tiene que morir, aunque sea lo último que haga, esta bestia tiene que morir…-. Encendió un cigarrillo y se quedó pensando mirando fijo hacia las sombras por donde tendría que volver Arcanio. - …quizás Arcanio logre saber quién mató a su padre, por lo menos eso, después quizás podemos dejar libre al comisario, después lo denunciamos, ¿lo denunciamos a quién?, él dirá que fuimos nosotros, que lo quisimos matar también, que fuimos nosotros quienes mataron a Poblete y a la mujer, estamos entrampados, ya no podemos echar pie atrás, hay que seguir, que pase lo que tenga que pasar, que se nos caiga el cielo encima…-. Arcanio llegó minutos más tarde.

-       La tiró un poco más allá de la curva – dijo casi sin poder respirar – no llegué hasta allá pero escuché el ruido de la camioneta al caer. Melinda, este hijo de puta se subirá al jeep y partirá, ¿qué hacemos?.

-       No podemos dejarlo que llegue hasta el jeep, hay que pararlo antes…

-       Tenemos que acercarnos – replicó Arcanio mirando hacia la cabaña – vamos, nos esconderemos detrás de la cabaña, cuando llegue lo paramos, lo obligamos a entrar y yo le pego un balazo en la cabeza – se pusieron de pie y se fueron agazapados hasta la cabaña.

 

            El comisario Ramón Huidobro apareció caminando desde el bosque, se detuvo cerca de la orilla del lago y se quedó observando el lugar. Giró su cuerpo mirando los cerros, los dos caminos que daban al lago, el bosque, hasta que su mirada volvió a quedar fija sobre las aguas del lago. Encendió un cigarrillo, miró la hora ayudado por su encendedor y se dirigió hacia su jeep diciéndose – se me pasó la mano, yegua de mierda, no quería nada, ¿para qué vino entonces la puta de mierda?, bueno, ahora a la comisaría y aquí no ha pasado nada -. Estaba abriendo la puerta del jeep cuando escuchó la voz a sus espaldas.

-       Quietesito comisario, un gesto y te vuelo la cabeza – Arcanio se fue acercando lentamente al comisario – así está bien, ahora lentamente te vas a volver hijo de la puta que te parió…-. Así lo hizo el comisario, cuando vio a Melinda y a Arcadio que le apuntaba con un revólver se tranquilizó. Arcanio el loco y la otra, la puta de la Casa Azul, ¿en qué andarán estos infelices?.

-       Cuidado Arcanio – dijo el comisario en tono amigable – esa herramienta puede hacer daño…

-    Abra la puerta de la cabaña comisario – dijo Melinda – queremos tener una conversación con usted…

-       Como ustedes quieran señorita…perdón, ¿cuál es su nombre? – contestó el comisario como  para darles más confianza y ganar tiempo para pensar.

-       Por ahora la Muerte comisario – contestó Melinda – y ahora calladito el hocico y abra la puerta…

 

            El comisario comenzó a caminar hacia la puerta. Arcanio se pegó a él y le clavó el revólver en la espalda, las manos del comisario trataban de dar con la llave del candado, tiritaban con tanta violencia que se le cayó el manojo de llaves al suelo, se agachó y giró con rapidez cogiendo las piernas de Arcanio empujándolo hacia atrás con todas las fuerzas de su desesperación. Arcanio cayó de espaldas sin soltar el revólver, la bala se perdió por sobre el techo de la cabaña y el sonido por sobre la superficie del lago, el comisario logró inmovilizar el brazo del revólver mientras su mano izquierda se cerró como un cepo en el cuello de Arcanio – ¿Jugando a los bandidos loco de mierda?- alcanzó a decir el comisario antes de ser tirado con fuerza de los cabellos y que un cuchillo casi le raja la garganta - ¡Te olvidaste de mí criminal de mierda! – dijo entonces Melinda con voz dura pero tranquila. El comisario aflojó la presión en el cuello de Arcanio y levantó los brazos – Me rindo muchachos, me ganaron, me rindo…-. Arcanio se puso de pie haciéndole una seña a Melinda de quitar el cuchillo del cuello del comisario. Melinda lo hizo lentamente, el puntapié de Arcanio dio en pleno rostro del comisario que rodó unos metros aullando de dolor, se arrastró hasta el jeep y se sentó apoyando su espalda en la rueda delantera. Se llevó sus manos al rostro y miró luego la sangre que las manchaba. La nariz estaba rota y un ojo ya comenzaba a cerrarse por la presión de un globo oscuro en el párpado. – Te vimos cómo asesinaste a la mujer criminal de mierda – dijo Arcanio acercándose y colocando el cañón del revólver a unos centímetros de la frente del comisario. - ¿Qué quieren? – preguntó el comisario con gestos de dolor. – ¿No me reconoce comisario? – dijo Melinda acercándose al comisario. Éste la miró un instante y respondió – Sí, trabajas en la Casa Azul - . ¿Y qué más? – volvió a preguntar Melinda - ¿Qué más?, nada más señorita – respondió el comisario inquieto limpiándose la sangre que manaba desde su nariz. – Me llamo Melinda Inostroza perro asesino, ¿te dice algo ese nombre?. El comisario no la miró, se quedó con la cabeza baja…estoy cagado, pensó, la puta es la hija de Rafael Inostroza, ella mató al Poblete, ahora me mata a mí, estoy cagado, por las recrestas, estoy cagado. Bueno, ¿y?, ¿qué quieren? – respondió al fin el comisario con el resto de entereza que le quedaba. – Matarte – le contestó Arcanio – matarte…a menos que quieras cooperar con nosotros. – Digan lo que quieren – susurró con voz reseca el comisario. – A quién acabas de matar? – preguntó Melinda. – A una puta – respondió el comisario ya casi sin importarle lo que sucediera. - ¡Su nombre cabrón! – le gritó Arcanio. – Isabel Castañeda - ¿Por qué? – le apremió Melinda. – Fue sin querer, era mi amante desde hace años, me desesperé, me volví loco, no sé, se me pasó la mano…- respondió lentamente el comisario como si estuviera reviviendo lo ocurrido. – Conmigo también se te pasó la mano – le respondió Melinda en el mismo tono casi de confidencia. – Por Dios Melinda – exclamó el comisario con un brote nuevo de energías – de eso hace tanto tiempo, yo era joven, un huevón impulsivo, yo siempre te he admirado, ¡te lo juro por Dios!, eres valiente como ninguna, te hicimos todo y no denunciaste a tu padre, te lo digo con sinceridad, siempre te he admirado…. – Ahora angelito me vas a decir quién o quiénes mataron a mi padre – le interrumpió Arcanio. – Yo sólo conozco a uno que participó en la matanza del puente Las Penas, sospecho de otros pero no tengo pruebas…- contestó el comisario. – Y ése, ¿quién es? – preguntó Arcanio lleno de ansiedad. – Gustavo Castañeda…- respondió casi en un susurro el comisario. - ¿El esposo de doña Isabel, el esposo de la que acabas de asesinar?, ¿el padre de la señorita Carla?, ¿me estás hueviando hijo de perra?. - ¡Lo juro por mi madre! – gritó el comisario – el comisario anterior, el general Benavidez me lo dijo, me dijo también que en la matanza habían participado peones de los fundos de los Puig, los Pulgar y de Ismael Fernández, todos eso huevones viven en el pueblo haciéndose los cuchos, maricones, quizás actuaron también carabineros y algunos hacendados con sus hijos… no  sé más -. El comisario se había puesto un pañuelo en la nariz y mantenía la cabeza echada hacia atrás. – Tienes algo más que decirnos comisario para salvar tu vida, ¿algún secreto de esos que ustedes saben guardar tan bien en la cofradía de los uniformados?…-  preguntó Melinda acercándose más al comisario colocándole el cuchillo cerca de su cuello. – Sí…balbuceó aterrorizado el comisario, el otro que participó en tu encierro fue Ismael Fernández…-. – Eso lo sabía comisario, también fue el cabo Poblete que ahora está en el infierno – contestó Melinda con determinación. – Arcanio, algo más, - continuó el comisario casi atragantándose con las palabras – el que delató a los campesinos muertos en el puente La Penas fue el viejo Eliodoro Acuña, el jornalero de los Puig Carmona, hoy estuvo en mi oficina para delatar de nuevo…- ¿Delatar qué?- preguntó Arcanio. -.la toma de tierras que van hacer unos huevones mañana en…

 

La bala le hizo un agujero en la frente y rebotó después en los fierros de la carrocería del jeep. Melinda al escuchar el disparo dio un salto y se volvió de espaldas tapándose el rostro con las manos. – Ya está hecho – dijo sin ninguna emoción Arcanio – ahora ayúdame a meter esta mierda en el jeep y después te escondes en la roca. Melinda tomó el cadáver por las piernas y Arcadio por los sobacos, le pusieron en el asiento de acompañante y luego Melinda se fue detrás de la roca. Arcanio la sintió vomitar mientras ponía en marcha el vehículo, subió por el borde más alto de la colina que miraba al lago, se bajó y con un pequeño impulso lanzó el jeep hacia el lago. El jeep se fue en línea recta tomando velocidad por la suave pendiente, entró al lago y quedó flotando algunos segundos, luego, entre remolinos de agua, como si alguien hubiera tirado la cadena de un excusado gigante, se fue perdiendo hacia el fondo. Arcanio encendió un cigarrillo y caminó hasta el pino más cercano, le arrancó una rama y luego volvió hacia la cabaña. Comenzó a borrar las huellas de neumáticos y a barrer los residuos de sangre y cerebro hacia el bosque, hizo un hoyo y depositó ahí todo lo barrido, lo tapó con tierra y ramas y se dirigió a la roca. – Melinda, ¿estás bien? – No muy bien Arcanio – por el camino se te va a quitar todo, tenemos que apurarnos…- ¿Hacia dónde vamos Arcanio? – preguntó Melinda tomando su maleta. – A la casa de Esteban Aldaño – le respondió Arcanio tomando su bulto – nos iremos por dentro del fundo de los Pulgar para acortar camino. Partieron en silencio, la luz de la luna se parecía a la del sol, también creaba sombras alrededor de la cabaña y entre las primeras filas de pinos que llenaban el bosque.

 

Oye Ricardo, el saber lo que sé hasta este preciso segundo te juro que todo lo encuentro confuso, repaso los últimos acontecimientos y me siento desorientado, algo así como si mi conciencia estuviera viendo una película de Boris Karloff, pero a pesar de esto algo he podido confirmar e inferir de esta caótica historia. Lo primero, es que creo haber encontrado la causa de tus sueños transpirados, de esos donde te ves matando seres sin explicarte por qué ya que lo que tú sueñas es lo que Arcanio y Melinda hacen en sus vidas reales, no quiero decir con esto que tú pudieses hacer lo que estos dos jóvenes han hecho, porque tú no arrastras una mochila tan pesada, ellos se cansaron de esperar justicia, tú aún no pierdes la esperanza como le prometiste a tu abuela y porque, como dicen los filósofos de calle, del pensar algo a hacerlo hay muchos cercos, y, a propósito de filósofos me lleva a revelarte lo que he inferido de esta, hasta aquí, intrahistoriahumana. Se me vino a la cabeza como si hubiese estado sentado como discípulo en una caverna meditando después de haber almorzado con Sócrates. El compendio de la inferencia es que pensé que para descubrir la naturaleza de un humano no se necesita saber lo qué dice, dijo o no dijo, ni tan siquiera cuáles han sido sus actos, ni estudiar su biografía, burradas, la única manera de saber la verdadera naturaleza de un humano es saber qué es lo que esconde. Comprendo también tu sonrisa, esa sonrisa de amargura burlona, tus ¡no me importa la vida!, bien, estamos al fin en tu pueblo, yo te acompaño de puro metete que soy, vine para oler donde tu padre fue asesinado, vine para pisar esta tierra, por eso estoy aquí despertando con Melinda con su nariz enterrada en la tierra que la vio nacer y que la acompañó hasta su adolescencia.

 ¡Vamos Melinda, tenemos que llegar a la casa de Esteban antes de que amanezca!, le dijo Arcanio al verla despertar. Melinda había conducido a su amigo al lugar rogando que la choza que servía para guardar las herramientas para trabajar la tierra de su padre prófugo estuviese aún en pie, ahí estaba, igual que antes, con las mismas toscas herramientas, el piso regado de granos de trigo, el mismo azadón con el que ella le ayudaba a su padre a abrir la tierra. Melinda se había acurrucado en un rincón, se había tapado con una frazada y había empezado a contarle a Arcanio que ese había sido su refugio, que allí jugaba con las gallinas y los patos y que, en su embarazo, allí se encerró queriendo hundirse las tijeras de podar en el estómago para sacar al Diablo de su cuerpo de niña, su madre se lo había impedido gritándole, ¡Meli, si lo haces, me mato!, Melinda había encendido un cigarrillo, se había quedado algunos segundos pensando, Papá, ¿nosotros somos ricos?, le pregunté una vez a mi viejo, ¿ricos con una hectárea Melinda?, le había respondido sonriendo Arcanio, espera Arcanio, mi viejo me miró y me dijo, ¿tú crees que somos ricos?, yo le dije que sí, porque éramos dueños de tierra, tienes razón Meli, pero yo diría que somos más afortunados que ricos, me dijo mi viejo, es lo mismo, le dije, No Meli, dijo, ricos son los que tienen mucho dinero, los que pueden comprar lo que ellos quieren, nosotros no, nosotros sólo tenemos la tierra, ¿y de qué sirve la tierra si no tenemos mucho dinero?, le pregunté, escucha, me respondió mi viejo, la tierra hace el país, sin tierra no hay país, ¿entiendes?, en el país hay millones de personas, ¿no es cierto?, bueno, de esos millones de personas sólo muy pocos son dueños de un pedazo de país, y nosotros somos afortunados porque tenemos un pedazo de país para nosotros, es como si el buen Dios nos hubiese dado este pedazo de país para cuidarlo, ¿entiendes?, ¿y por qué el buen Dios te dio tan poquito país y a otros un país tan grande papá?. Nosotros siempre fuimos unos muertos de hambre, le había dicho Arcanio con amargura después de escuchar la historia, mi padre nunca tuvo ni un puñado de tierra, peón, siempre fue un peón, papas y zapallos, papas y mote, todos los días recibiendo migajas, pero nunca dejó de darme lo que pudo para que estudiara, mis viejos fueron formidables en su miseria, mi viejo murió por querer tener un puñado de tierra Melinda, un pedazo de país, como tu viejo decía, qué huevada más estúpida, el país pertenece a todos, las tierras fértiles y cultivables deben ser de todos, como el agua, los ríos, las lagunas y las playas, sólo así podremos sentirnos en nuestra propia casa y estar orgullosos de tener un país, la tierra es sagrada Melinda, es ella que nos hace sentir hijos de esta tierra, la tierra debe ser trabajada por los campesinos como tu viejo Melinda, para hacer comer al país, eso mismo decía mi padre, le había contestado Melinda, pero no los dejaron hacer, para mí la tierra es como una cosa bendita Arcanio, este terrón de tierra guarda el sudor de mi viejo, la orina de mi infancia, los pasos de mi madre, uno se encariña con la tierra Arcanio, porque ella nos da de comer, no hay nada más hermoso que comerse una fruta que tú has plantado y cuidado, sacarla de la tierra, limpiar sus terrones y echártela a la boca, nada hay más delicioso, de más noble... Melinda, ¡ya, levántate, tenemos que partir!, le volvió a repetir Arcanio...

 

Por eso pareciera que nunca alumbra el sol en tu pueblo Ricardo, porque aquí andan jugando al que la hace la paga aunque hayan pacos mirando por todas las ventanas, por eso esa mañana de madrugada el descubrimiento del furgón y el cuerpo del cabo en el fondo del río que cruzaba el puente de Las Penas no sorprendió a nadie, bueno, a nadie que odiara al cabo, porque otros si estaban muy preocupados, don Ismael Fernández Alderete estaba desde la madrugada encerrado con el comisario, con el cura Juan y con todos los hacendados de la región, el resto estaba congregado en la plaza riéndose serios esperando que las autoridades dijeran una burrada hasta que el cura Juan saliendo de la comisaría les dijo acongojado: fue seguramente un loco, se escapó, ya se ha mandado el aviso de su búsqueda a todo el país, ahora, cada uno a sus quehaceres, dejemos a la justicia que haga su trabajo, hoy a las cinco habrá una misa especial por el descanso del alma del cabo Poblete, vengan todos, luego se alejó moviendo la cabeza hasta que llegó a su iglesia sintiendo un inexplicable sentimiento de desasosiego en su alma, se arrodilló frente al altar obligado por ese sentimiento y murmuró una corta plegaria por el pueblo y sus habitantes, se dirigió luego a la casa parroquial deseando encontrar a Abel, lo encontró tomando desayuno con la hermana Clara en la cocina. El no saber quiénes fueron los padres de Abel al cura y a su alma nunca les preocupó mayormente, nada de raro era que apareciera un recién nacido en las puertas de las iglesias del país, lo especial en el caso de Abel fue que el padre Juan no lo remitiera a las autoridades para que el niño fuera enviado a un orfelinato como dictaba la ley, no fue así, porque el padre Juan, con las dos monjas que atendían la parroquia, acordaron guardarlo y criarlo para la iglesia, lo recibieron como un regalo del Padre y como una manera de creer que Él los estaba mirando, por eso al padre Juan se le puso llamarlo Abel, porque lo encontró botado junto a la puerta de la iglesia, rodeado de perros durmiendo a su lado, como protegiéndolo, y entonces por analogía recordó la imagen aquella del segundo hombre nacido del Hombre y que fue un pastor. El joven Abel nada tenía de particular, quizás un poco alto para su edad pero obediente, todo lo hacía sin regañar ni poner mala cara, era de un temperamento pasivo y concentrado, la particularidad apareció algunos años más tarde, cuando Abel andaba por los ocho años de edad, y consistía en que cada vez que el niño participaba en ruedas de conversaciones, y antes de que los que delante de él terminaran de contar algo que les había sucedido, fuera esto inexplicable o anodino, Abel les cortaba di­ciéndoles <yo ya lo sabía>, aunque parezca poco creíble, Abel, sin saber cómo ni por qué, ya sabía cómo terminaban las historias, una cosa de locos, al principio los parroquianos festejaban las ocurrencias de Abel, luego, ya en corros de gente adulta y niños en sus adolescencias, a la gente se les empezó a antojar que la extraña expresión ya lo sabía en el niño era como muy sobrenatural, porque quizás él verdaderamente lo sabía, y, corolario manifiesto de esta situación, fue el hecho de que cada vez que un grupo de dos o más personas adultas o de jóvenes conversadores veían acercarse a Abel, tácitamente, se despedían hasta más tarde. Preocupado por el hecho de que Abel estaba casi quedando mudo porque nadie le permitía decir nada el padre le ordenó cortarla con ese jueguito, así lo hizo Abel, pero sólo por un tiempo largo, por todo esto Abel fue un caso atípico en el pueblo, hasta temido, porque nadie nunca se atrevió a preguntarle qué es lo que ya sabía ése niño recogido por la iglesia, de estatura un poco más alta que lo normal, de pelo castaño claro y tez rosada, ni gordo ni flaco, ni bello ni feo, ni bueno ni malo para nada, ni inteligente ni tonto, que era, en dos adjetivos, un ser raro, pero soportable, el padre Juan atrajo hacia él a Abel y le hizo su cariño preferido, le desarmó el peinado, único signo de coquetería que tenía el joven que ya andaba por los dieciocho, todo el mundo parece que se sale de sus cabales, todos me parecen culpables de algo pero nadie se confiesa hermana Clara, exclamó el padre Juan mirando a la monja. El alma de Abel tampoco se interesó mucho por su historia familiar, cuando cumplió doce años el padre y las monjas lo habían sentado en el primer banco de la iglesia y le habían contado su historia, le habían asegurado también que los designios de Dios eran impenetrables y que sus padres hicieron lo que hicieron porque Dios se los mandó, para bien de su alma y de la iglesia, y que, por su porte y blancura, seguramente era hijo de muy buena familia, desde ese día, y sólo ese día, Abel cuando pasó el platillo de la comunión vestido de monaguillo, miró con atención cada rostro esperando que su corazón le avisara quién podía ser su padre o su madre, al día siguiente Abel ya sabía que no los encontraría en la iglesia, ni menos aún comulgando, su corazón saltó sólo una vez pasando el platillo, de eso hacía dos años, el salto fue frente al rostro de Carla, la hija de los Castañeda, Abel sintió pánico cuando sus ojos azules lo miraron, él desvió la mirada pero enseguida vio cómo ella abrió su boca para recibir la comunión, esa misma noche, y luego todas las noches de su vida, recordó sus dientes blancos, su paladar lechoso y su lengua húmeda y rosada que casi le impedía dormir, entonces su alma le convenció de que estaba enamorado, ese año Abel terminaba su escuela secundaria y el padre Juan había propuesto mandarlo al seminario de la capital, Abel con tristeza, pero con mucha determinación, le había contestado que él no quería ser sacerdote, que prefería ser dueño de fundo y tener mucho dinero - fuera de la Iglesia hay muchas tentaciones, le repitió por milésima vez el padre, y las peores son la ambición desmedida y el amor carnal sin amor Abel, tú lo sabes, esas dos ofenden a Dios gravemente, la ambición en sí no es mala, pero cuidado, ella se vuelve mala cuando se desean cosas imposibles, fuera de lo que noblemente se puede conseguir -. Fue la hermana Clara quien encontró la solución unas semanas más tarde, un día les recordó al padre Juan y a la hermana Sofía cuánto le gustaba desde niño a Abel el campo y los animales, cómo jugaba haciéndose el pastor y cómo acariciaba a las ovejas y cuánto le disgustaba trabajar con la pala (y para qué decir con el azadón). ¿Por qué no estudia agricultura o veterinaria entonces?, había terminado preguntando la hermana, habían acordado eso, Abel se inscribiría en la Escuela de Veterinaria de Santiago el próximo año con una beca que el padre conseguiría con sus contactos.

 

Desde el día en que se enamoró de Carla, Abel dejó de vestirse de acólito, ayudaba la misa, pero en traje dominguero, no creyó ofender a Dios con eso, aunque sentía un fuerte arrepentimiento cada vez que veía a Carla porque ella le hacía pensar en cosas carnales, era su cuerpo tan hermoso, sus movimientos, sus piernas, su manera de moverse al andar, su rostro hermoso y altivo, las cerezas de sus senos y el durazno de su trasero, lo cierto es que Abel tenía que luchar duro para borrar de su mente el cuerpo desnudo de Carla. Abel estaba consciente de que Carla lo acercaba peligrosamente al pecado, por eso rezaba y se conformaba pensando que él amaba sobre todo el alma de Carla, que el joven Abel sabía que era gemela a la de él, y que él culpa no tenía del cómo Dios quiso envolver el alma de su amada, así sufrió durante dos años Abel cada invierno, y así también sufrió, pera esta vez viéndola, cada verano...

 ¿Sabes Ricardo?, este Abel me recuerdas tú cuando te llevabas metido en la iglesia con tu madre y ella te obligaba a rezar porque tu padre había desaparecido sin regresar, te arrodillabas junto a ella y después salías con las rodillas peladas porque tu madre rezaba largo y seguido en la capilla de la parroquia de nuestro barrio, por eso te contentabas mirarnos jugar, ahora comprendo el dolor de tus rodillas y tu mirada triste que no te dejaban patear la pelota, preferías tus lecturas y después descansar porque al otro día la escuelita y de nuevo a rezar, porque pienso en ti me quedo en esta iglesia y porque tú también te habías mezclado esa mañana con la muchedumbre y te habías dirigido con ella hacia la vieja iglesia de tu infancia y porque mientras caminabas saludabas a rostros desconocidos que te saludaban sintiendo con un estremecimiento una sensación antigua de fortaleza, recordaste los días en que acompañabas a tu madre, anónimo, rodeado de gentes congregadas por un mismo dolor, gritando una sola consigna el ¿Dónde están? de tu niñez, pero los que te rodean hoy parecen estar preocupados de otros menesteres, no son tu multitud de ojos llorosos y de voluntades inquebrantables, apaleadas, reprimidas e ignoradas por la Ley,... hiciste un alto en la plaza y contemplaste la enorme higuera que da sombra sobre el banco donde ¿pensaste, soñaste? a tus padres sentados la noche anterior antes de quedarte dormido, tus labios se curvaron entonces en una sonrisa y luego te dirigiste hacia la iglesia con una mano sobre tu sombrero para impedir que te lo robara el viento. En el interior de la iglesia reinaba un inquieto silencio entrecortado aquí y allá por algunas risitas socarronas rápidamente acalladas por el viento tibio y borrascoso que venía de la plaza y se colaba por la puerta central de la iglesia cruzándola como queriendo limpiarla para luego desaparecer subiendo por el altar mayor hasta la cúpula pintada de un azul ya ajado y borroso, en el pasillo central el féretro que contenía el cuerpo del cabo reposaba sobre una repisa con unas luces en forma de velas en cada esquina, sobre él, una corona con flores blancas y rojas no dejaba ver la estrella de la bandera nacional extendida sobre la caja mortuoria, en el piso, apoyadas a la repisa de metal, una media docena de coronas con cintas negras, el padre Juan, que tenía la misma costumbre de los actores antes de salir a escena, echó un vistazo hacia la sala y se dijo; qué éxito de asistencia Dios mío, no ha faltado nadie, ¿cuántos vendrán con recogimiento verdadero?, ¿cuántos atraídos como los gusanos al olor de la muerte?, en los tiempos que corren cada vez es más difícil nuestro ministerio Dios mío, cada vez más difícil, para su sermón, el padre Juan leyó el capítulo referido a la Santa Familia haciendo luego un largo parangón con la situación de los cristianos en el país, para, finalmente, caer en una conminación a la reflexión y a la unión de toda la familia cristiana bajo la protección de la Iglesia, al final del sermón hizo una advertencia cristiana, que se le salió espontáneamente sin saber de dónde, sobre los peligros que se corre por ser humano y vivir en la Tierra, tengo el temor, dijo con voz firme, que Satanás se está interesando demasiado por el pueblo La Mecha, y con el Mal, hijos míos, no se pacta, sólo se le combate, mientras el padre hablaba Abel se mantuvo pegado a la columna del altar mayor, junto a la entrada a la capilla, desde ahí podía observar a Carla que estaba en la tercera fila junto a sus padres y hermano, Carla estaba consciente de su mirada sobre ella porque cuando volvía a su puesto, después de pasar al padre los útiles para la ceremonia, ella lo miraba, una vez lo hizo sonriendo, Abel quería que ella sostuviera su mirada para decirle con ella que la amaba, pero ella siempre volvía sus ojos hacia el padre Juan, se quedaba así, en sus labios con una pequeña sonrisa, sabiéndose mirada y quizás hasta deseada. Fue desde ese día que Abel no se cansaría, por el resto de su vida, de mirarla. Terminada la misa, Abel entró en la capilla y se fue corriendo por el corredor exterior hasta la puerta principal de la iglesia, se pegó al muro de la entrada y esperó la salida de Carla, serán casi los últimos, ¿y si le dijera algo?, sí, le podría preguntar si irá esa tarde a la fiesta de don Ismael, al cumpleaños de la señora Felicinda, se dijo Abel mirando a los parroquianos que abandonaban la Iglesia, tiritando de nervios se dispuso entonces a ser audaz y a hablarle porque si bien su amor por Dios era grande en su corazón había suficiente espacio como para darle también un poco a un mortal, en este caso a Carla. Casi no se dio cuenta que Víctor, el hijo de don Ismael, se le acercó con una sonrisa burlona.

- Vos, si seguís mirando así a la Carla te saco la misma mierda monaguillo desclasado…

- ¿Y por qué no podría mirarla, es tuya acaso?, le respondió Abel dejando de temblar.

- No es de tu clase guacho de mierda, le dijo Víctor casi gritándole.

- ¿Y qué sabes tú de qué clase soy yo huaso inculto…?, le respondió en el mismo tono Abel.

- ¿Qué pasa entre ustedes?, preguntó la voz autoritaria de don Ismael detrás de ellos. Los dos se callaron mirándose con rabia. La gente que venía saliendo advirtió la disputa de los dos jóvenes, quisieron quedarse parados para ver qué pasaría pero la presión de los que venían detrás los empujaron provocando un remolino alrededor de don Ismael y los jóvenes, cuando el padre de Víctor acababa de hablar aparecieron el rostro de Carla y de su padre que se quedaron mirándolos.

- Bueno, dense la mano y córtenla con idioteces, tronó de nuevo don Ismael.

- Yo no le doy la mano a un guacho papá, le respondió Víctor en alta voz para que todos la escucharan.

- Este guacho es nuestro amigo, y es hijo de la iglesia, vamos, dale la mano Víctor, tronó otra vez la voz de don Ismael mirando a los presentes como buscando sus aprobaciones. El remolino quedó estático y ya nadie avanzó un paso más. El padre Juan se hizo sitio preguntando con nerviosismo.

- ¿Qué pasa don Ismael?, miró a los dos jóvenes, ¿Qué pasa aquí?, Abel, ¿qué pasa aquí?.

- Nada padre, no es nada, cosas de jóvenes, vamos a casa Víctor, padre no se olvide que hoy está invitado a nuestra casa, no me vaya a faltar, y tú tampoco Abel, fue en ese momento que Abel miró a Carla que le regaló su más preciosa sonrisa. Ya de regreso a la iglesia Abel le contó al padre lo sucedido con Víctor confesándole también su amor por Carla, el padre levantó sus manos hacia el cielo y luego se tomó la cabeza para decir, Dios mío, este muchacho me va a matar, luego, mirándolo seriamente, le dijo - Abel, los milagros son raros hijo mío, muy raros, existen, pero son muy muy raros, quiero que lo sepas ya, si logras que Carla se fije en ti, será un milagro Abel, un milagro que te puede ocasionar muchas amarguras, pero si la amas con pureza y honradez no debes renunciar, tú vales tanto o más que los otros hijo mío -. Abel abrazó al padre y, entre sollozos, su alma le dio gracias al cielo...gracias, gracias, todo esto me tocó a fondo Ricardo, porque tú no tuviste oportunidad de decir lo mismo, ni tu madre tampoco, porque tal vez Dios tiene sus preferencias, sus prioridades, el numerito de tu turno aún no ha sido llamado aunque tú ya nada esperas, te basta tu recuerdo, has dormido tu odio y ya no clamas venganza, sólo caminas sin importarte nada, y aunque no andas por la vida con los cartelitos de Arcanio piensas lo mismo que él, no quieres que te tengan lástima, te basta con despreciar a los malvados y por eso me acordé del flaco Florián, el que denunció al Quezada y del Carreño que era sapo de la DINA...

 

            Y tú abriste tus ojos Ricardo y pegaste un brinco cuando miraste hacia la plaza en tu segunda mañana, porque tú tampoco te despertaste a medianoche, ni al minuto siguiente, por eso no te enteraste de lo que sucedió esa noche en tu pueblo muy de madrugada. Sucedió mientras yo pensaba sobre el idilio de Carla con Abel, en ese idilio milagroso de miradas que germinaba entre rayos y nubarrones, en esa rosa inusitada que florecía entre marañas carcomidas por pastos en champas, estaba en eso cuando decidí seguir la carreta, era a esa hora siniestra en que no se sabe si aún es noche o si ya es día, la carreta con yunta de bueyes avanzaba hacia la plaza del pueblo, Horacio Cañejas, sentado en el piso de la carreta con sus piernas colgando hacia el exterior, picaneaba suavemente los lomos de los animales diciéndoles, ¡ya llegamos Sebastián!, ¡no te apurís pus Chocolate si el agua no se va acabar!, la carreta desembocó en la plaza del pueblo, Horacio se bajó con la carreta en marcha y se fue corriendo a colocarse delante de los animales, ¡hohooo!, guachitos, ¡hooo!, una vez los bueyes inmóviles el carretero comenzó a soltar las amarras que ligan la carreta con la yunta con la destreza mecánica que le habían dado los muchos años bajando desde los fundos con mercadería para las ferias de los pueblos vecinos, luego dirigió a los animales con la picana hasta la fuente y los dejó beber mirando el cielo, llegaré como las nueve de la mañana, putas que estoy retrasao, fue en ese momento que se le erizaron los pelos y se le cayó la picana, de una gruesa rama de la higuera colgaba, balanceándose con viento en contra, un cuerpo, Horacio se fue alejando sigilosamente como para no despertar el árbol ni menos a su fruto humano y luego corrió despavorido hacia la puerta de la parroquia que se encontraba cruzando lo que le quedaba de plaza, después de golpear repetidas veces apareció el padre Juan sin sotana, ¿qué pasa hijo mío, por Dios ¿qué pasa?, pairecito mío, en la plaza hay un cristiano difunto, logró balbucear Horacio, ¿un hombre muerto?, si paire, un difunto muerto. El padre Juan acompañó, en pantalones y camiseta, al huaso hasta el lugar, al ver al hombre colgado se inclinó y se santiguó tres veces, luego elevó de nuevo su mirada y trató de reconocer al muerto, la cuerda soportaba chirriando el peso del difunto muerto, parecía estar durmiendo o reposando con la lengua afuera, como una marioneta con uno de sus hilos, el más importante, sosteniéndole el cuello alargado como un chicle y sin huesos, un cartel: WEDÁÑMA, es el primero, vendrán otros colgaba de su cuello como un escapulario macabro, el padre Juan rezó una plegaria corta por el muerto y se fue trotando hacia la comisaría, Horacio, por su lado, enyuntó los bueyes a toda prisa y se perdió por la calle principal hacia abajo presintiendo un mal día. Cuando vio entrar al padre Juan el oficial Espinoza lo miró con cara de estar soñando, en cinco años de servicio en el pueblo era la primera vez que veía entrar en la comisaría a las cuatro y media de la mañana al padre  y, además, en camiseta.

- Hijo, lo que temía, le dijo el padre jadeando,…Satanás llegó al pueblo…

- Tiene razón padre, le contestó el oficial sin saber mucho qué responder, es una noche de los mil diablos…

- Hijo, hay un cuerpo colgando en la higuera de la plaza, los ojos del oficial se agrandaron como los de un sapo, ¡López!, gritó hacia el interior, ¡rápido, con dos efectivos, rápido, a la plaza...¡rápido!. Aparecieron desde el interior un carabinero restregándose los ojos, detrás de él otro arremangándose el pantalón y abotonándose la camisa de servicio, siguieron al cura hasta el cuerpo, ¡Ah, mierda, es el Eliedoro!, exclamó el sargento, ¿qué Eliedoro?, preguntó el padre Juan, Eliedoro Acuña, trabaja...mejor dicho trabajaba en la hacienda de los Puig Carmona, ¿por qué lo habrán colgado?, se preguntó el sargento, por traidor, dijo entonces uno de los carabineros, ahí está escritito, Wedáñma en mapuche, vayan a buscar una escalera y díganle al oficial que venga, ordenó López haciéndose una cruz sobre su frente, esto nomás faltaba padre, qué noche infernal Dios mío, ¿qué hay algo más?, preguntó el padre con cara de asombro, mucho más padre, le respondió el carabinero como diciendo un secreto, la señora Isabel Castañeda se perdió, ¿cómo que se perdió?, exclamó el padre Juan palideciendo, partió de su casa ayer a las seis de la tarde y aún no llega padre, el señor Castañeda nos ha llamado toda la noche, él la anda buscando con sus hijos, comentó el sargento, ¿y ustedes qué esperan para salir a buscarla también manga de irresponsables?, gritó el padre colérico, fíjese que no podemos padre, respondió López casi en un susurro, y antes de que el padre reaccionara continuó, porque el comisario tampoco ha vuelto, ayer salió a hacer una ronda como a las seis y media y nadie sabe dónde está. En ese momento llegó el oficial con los carabineros, el padre se le acercó casi sin poder mover las piernas de lo nervioso que estaba, oficial, ¿qué son estos horrores que me cuenta el sargento López?, el oficial, después de lanzar una mirada iracunda a López, respondió, así es padre, ha sido una noche maldita, el comisario y la señora Castañeda no se les puede encontrar, ninguna noticia de ellos, pero, hay que hacer algo oficial, hay que llamar a toda la población para salir a buscarlos, oiga, ¿andaban juntos?, No sé padre, yo…, ¡Mire oficial!, gritó en ese momento uno de los carabineros, hacia allá, a la cordillera, parece una locomotora lanzando humo, ¡son las tierras de don Ismael!, exclamó el padre Juan, ¡La puta madre, es un incendio!, perdone padre, es un incendio de la puta madre, dijo el oficial quedándose con la boca abierta mirando fascinado el humo y las llamas que se agrandaban elevándose por sobre los faldeos de la imponente cordillera tapando con nubes negras sus picos nevados, ¡haga algo por amor a Dios hombre!, le gritó el padre al oficial, no podemos hacer nada hasta que no lleguen los refuerzos del Mayor Fonseca…oiga padre, ¿podemos guardar el finado en la parroquia?, ¿está loco?, ese hombre fue colgado, ahorcado oficial, es un crimen, tienen que intervenir las autoridades.

 

Curiosamente poca gente se allegó a la plaza esa mañana, prefirieron apilarse en las esquinas para admirar, muchas veces aplaudiendo y siempre riendo, el fastuoso espectáculo de las lenguas de fuego alumbradas con el foco del sol que ya caminaba imperturbable hacia su cenit. Eran las once y quince minutos cuando llegaron a la comisaría los refuerzos pedidos; una tanqueta, una micro con veinte efectivos y el Mayor Juan Pablo Fonseca en su jeep personal, su primera medida fue realizar una batida por todo el pueblo llevándose a todo sospechoso a la comisaría hasta su regreso, para esta tarea dispuso la tanqueta y diez efectivos, el resto partió con él hasta el fundo de don Ismael Fernández, en el trayecto el Mayor interrogaba al oficial Espinoza, cuatro asuntos serios en un día son muchos ¿no cree oficial?, así es mi Mayor, ¿usted cree que es pura coincidencia nomás oficial?, yo no sé nada mi Mayor, yo ya no puedo ni pensar, me pasé toda la noche contestando el teléfono, seguramente la Martita y ese señor al que se le perdió la esposa, así fue mi Mayor, ¿el comisario se pega unas perdiditas como ésta de vez en cuando oficial?, nunca mi Mayor, nunca, ¿entonces?, salió en patrulla y hasta aquí no se sabe nada mi Mayor, diablos, la cosa es más seria de lo que creí oficial, este asunto huele muy mal, muy mal…encontraron a la gente del fundo a un kilómetro de la casa patronal, habían baldes desparramados por todas partes, se había tratado de contener el fuego pero ante el volumen de tierra en llamas se habían contentado con mirar y rogar que no bajara hasta las casas del fundo. Don Ismael al percibir la llegada del jeep vino a su encuentro con su alma vociferando, ¡Hay que matarlos a todos Ramón!, ¡Yo mismo los mataré con mis propias manos..!, cuando llegó cerca del jeep se quedó mirando al oficial con cara de interrogación, mi Mayor Juan Pablo Fonseca don Ismael, hizo la presentación el oficial Espinoza, ah, sí, ya lo recuerdo, mucho gusto Mayor,…pero ¿qué diablos pasa?, ¿dónde está el comisario?, el comisario ha desaparecido señor, contestó el Mayor descendiendo junto al oficial del jeep.

- ¿Quéee?, ¿qué me dice usted Mayor?, preguntó con incredulidad el latifundista.

- Ayer salió para realizar una patrulla y hasta ahora no se sabe nada de él señor…

- ¡Lo mataron!, Mayor, estoy seguro, ¡lo mataron!, exclamó el alma de don Ismael mirando a su hijo que se le acercaba, muchacho, mataron al comisario…

- Ehhh, un momento señor, dijo el Mayor, usted cree que lo mataron, aún no se sabe nada, lo estamos buscando…

- ¿Qué yo creo que lo mataron?, exclamó con desesperación don Ismael, permítame decirle Mayor que estamos enfrentando una subversión, hoy iban a tomarse estos terrenos, ahora se están incendiando, ¡más de 100 hectáreas de pino señor!, hay un traidor entre nosotros, teníamos todo arreglado con Ramón para esperarlos como se merecen estos criminales, ayer nomás asesinaron al cabo Poblete ¿y ahora desaparece el comisario?, ¡una subversión planificada señor!, quizás hasta continental, estos criminales están todos comunicados, en Argentina, en Perú, en Uruguay, hasta con los zapatistas señor, esto no va quedar así Mayor, parto ahora mismo a la capital…!.

- Usted haga lo que quiera señor, yo tengo mis órdenes y aquí ya no puedo hacer nada porque yo no soy bombero, le respondió el Mayor volviendo a su vehículo. En el camino de regreso al pueblo el Mayor preguntó al oficial, ¿qué mierda pasa en este pueblo oficial?, es verdad lo que dice don Ismael mi Mayor, todo estaba previsto para esperar a los que venían a hacer la toma, ¿y el comisario estaba al tanto?, por supuesto mi Mayor, él fue quien recibió el aviso, ¿y quién fue el que dio el aviso?, el que apareció colgado en la plaza mi Mayor, ya veo, ya veo, ¿se sabe quiénes iban a participar en la toma oficial?, no mi Mayor, ningún nombre, pero alguna sospecha habrá pues oficial, ninguna mi Mayor, pueden ser todos o ninguno, este pueblo está lleno de maricones mi Mayor, todos desconfían de todos, oficial, ésta es una orden, ¿el comisario tenía alguna minita…?, no sé mi Mayor, respondió el oficial con voz débil, ¡No sea cabrón oficial!, estamos frente a sucesos importantes, gritó el Mayor, dígame, la mina que anda perdida, esa tal Castañeda, ¿era la mina del comisario?, no estoy seguro mi Mayor, pero yo creo que sí, así todo está más claro oficial, mucho más claro.

 

            Bueno, el guatón Castañeda anda preocupado, le transpira todo, además no quiso bañarse en la piscina por miedo a que su corazón lo dejara hundirse como un corcho de metal y sobre todo que la Chabela salió donde la costurera y no volvió y que habían matado al cabo Poblete que él conocía desde mucho, y además, al Ismael le habían quemado casi todo el bosque de pino que conocía muy bien porque esas tierras habían sido suyas, es decir, heredadas de su padre y, sobre todo habían matado al viejo Eleuterio, era como para ponerse nervioso, por eso él odiaba el pueblo, porque cuando bajaba al pueblo la gente lo miraba con sonrisitas burlonas y muchas veces con odio, si supieran esos desgraciados me matarían, a lo mejor ya lo saben y se hacen los cuchos porque si el Huidobro andaba perdido la cosa era de cuidado, la Chabela más que preocupado lo tenía con un nudo en la garganta porque desde que comenzó a buscarla con los niños ni trazos de la pick-up, como si se la hubiera raptado un ovni, entonces dos más dos son cuatro, o tuvo un accidente o ésta tenía algo con el chuche su madre del Huidobro, por eso la Chabela no le hacía cariño ni le rascaba los cocos como a él tanto le gustaba, más todavía, aunque él ganas no tenía desde hacía varios meses por esa angustia que le apretaba la garganta, ella parecía no importarle mucho, se acostaba y se dormía enseguida y se levantaba de buen humor como si todo fuera muy normal, a él esa actitud lo tranquilizaba porque su impotencia sexual era porque tenía la cabeza puesta en tantos lugares pero ausentarse toda una noche era impensable, casi extravagante, porque la Chabela era caliente pero no idiota, no andaría con huevadas como esas estando él en la quinta, por eso, como no sabía qué hacer se fue donde el Ismael ya que con él tenía cierta afinidad desde hacía mucho tiempo, mejor no hubiera ido, porque enseguida el Ismael le dijo parece que la cosa se pone color de hormiga Gustavo, mataron al Poblete y su cuerpo lo encontraron en el puente de La Pena, mataron al huevón del Eleuterio, y que se dejen de pendejadas, al Huidobro también lo mataron, entonces vamos quedando mi hijo, tú y yo Gustavo, tú puedes hacer lo que quieras pero yo tengo a toda la peonada buscando por los campos para agarrar a los que hicieron esto para matarlos con mis propias manos, porque los pacos no van a hacer nada Gustavo, porque están metidos hasta el cogote, yo que tú Gustavo, agarraría a los niños y me mandaría a cambiar enseguida y no volvería nunca más a este pueblo reconche de su madre o te unes a mí y les hacemos frente... que tal, al guatón Gustavo las piernas apenas lo dejaron llegar hasta el auto, se volvió a la casa con ganas de vomitar, se le subió la presión y el dolor a la cabeza casi lo desmaya, pobre guatón, cuando llegó a la casa les dijo a sus hijos, vamos a la comisaría para saber si hay novedades y después iremos a ver al padre Juan porque, hijos míos, creo que necesitamos ayuda espiritual o la espera nos matará a todos...

 

(Continuará…)


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