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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 21, 2012


Entre la Espada y la Biblia: Capítulo IV
Romualdo Retamal

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 Capítulo IV

 

     Los nubarrones negros de la noche se fueron abriendo hacia la madrugada para dejar entrar el día, el viento le fue haciendo rizos a las nubes rezagadas y la luz del sol limpió como a las seis de la mañana las calles y la plaza del pueblo, ¡Este pueblo está maldito!, exclamó el Mayor, por suerte el capitán Salgado se hace cargo de la comisaría a mediodía, este puzzle no se resuelve muy fácil, no puedo seguir metiendo en el calabozo a todo el pueblo, y no dicen nada los conche de su madre, ya no están los tiempos para molerlos a palos, saltan al tiro los huevones de los Derechos Humanos, tracalada de maricones, eso son, y el comandante Stoller, ¿o es general de Brigada este jetón?, quiere que decretemos Estado de Sitio, ¿pero en qué mundo vive ese huevón?, está desesperado porque no mandamos a sus milicos a la calle, eso es, el ejército cree que somos sus mayordomos, las huevas, que se queden con las ganas,… pobre Salgado, con la cagadita que se va a encontrar, y éste que es medio violentón va a echarle más pólvora al fuego, el problema de Ramón es lo más pesado, a este lo pillaron pisándose a la Isabel y lo raptaron o lo mataron, es lo más probable, de otra manera todo esto no tiene ni pies ni cabeza, o quizás Ramón su fugó con la mina, se enamoró de la ricachona y se las mandó, lo tenían todo preparado, es muy probable, el Ramón estaba hasta la coronilla con la Marta, la trata como escoba vieja, por eso la tal Isabel mintió diciendo que iba donde la costurera y Ramón salió a hacer una ronda a una hora descabellada, el problema es que todo este enredo nos deja como las pelotas, la imagen de carabineros se va a ir más a la mierda de lo que ya está, mejor me callo y me sigo haciendo el huevón, que sigan buscando, total, ¿a quién le va a importar dos desaparecidos más?, cuando me vaya de aquí que Salgado haga lo que quiera, no sé, tengo la impresión de que en este pueblo hay una guerra que no ha terminado ¡qué pueblo de mierda!, que yo sepa aquí no pasó nada de extraordinario, se les devolvieron las tierras a los ricos y se limpió de subversivos, ¿qué más?, en todo el país fue así, es cierto que el populacho anda alzado tomando tierras, sobre todo los mapuches de mierda, pero aquí se matan que da gusto, ¿qué secreto esconde este pueblo de maricones?, sintió algunos gritos al exterior y alguien que corría hacia su oficina, se abrió la puerta y apareció el oficial con cara de afligido, mi Mayor hay novedades, ¿los encontraron?, preguntó el Mayor Fonseca, no mi Mayor, cinco muertos más, ¿Qué?, ¿qué me está diciendo oficial?, preguntó el Mayor con cara de asombro, los traen en carreta mi Mayor, dos los encontraron en las tierras de los Pulgar y tres en las de don Ismael mi Mayor, ¡Mierdas, este pueblo parece Sicilia!, estos huevones son todos mafiosos, se están matando por vendetta, se fue diciendo el Mayor caminando con desgano hacia el exterior. La carreta, tirada por un grueso alazán pecherón que babeaba espuma blanca avanzaba lentamente por la calle que daba a la comisaría rodeando la plaza, junto a ella venían dos jinetes, curioso, se dijo el Mayor, ningún pendejo ni en las calles ni en la plaza, cobardes de mierda, todos escondidos, ni siquiera el cura, qué extraño, bajó hasta la calle y se puso a mirar los cadáveres, todos eran de edad avanzada, viejos peones con ropas arrugadas y mal olientes - todos tenían en el cogote un cartel mi Mayor - le dijo al oído el oficial, igual al del colgado en la plaza, ¿qué hacemos con ellos señor?, preguntó entonces uno de los jinetes, ¿quiénes son?, le preguntó el Mayor sin contestar, uno de los jinetes sin bajarse de su cabalgadura que espantaba moscas con su cola contestó apuntando a cada uno mientras los iba mostrando con el rebenque, Wenceslao Carreño, peón de don Pulgar señor, el Jote, capataz de don Girón, Eusebio Arancibia, Meneses y el viejo Cardones, empleados de don Ismael señor, ¿vivían en los fundos?, no señor, en el pueblo, ¿lo saben ya sus familiares?, no creo señor, mi patrón me dijo que se los trajera de regalo, ¿y quién es el hijo de puta de tu patrón?, los dos jinetes y el que tenía en sus manos las riendas de la carreta lanzaron una carcajada, Ismael Fernández señor, contestó el jinete atorándose con la risa, oficial, dijo el Mayor con voz agria volviéndose hacia el carabinero que estaba a su lado, vaya con estos hombres hasta la funeraria, recoja toda la información y tráigame a mi oficina a los familiares, ¡a la orden mi Mayor!, el Mayor se quedó mirando la carreta que se alejaba con sus muertos preguntándose, y ahora, ¿a quién le toca?, parece que en este pueblo la vida es un camuflaje de la muerte...

 

            El padre Juan andaba abatido, dos noches seguidas durmiendo a saltos lo habían extenuado, la primera noche tuvo un sueño en el cual se le había anunciado que lo que estaba ocurriendo en el pueblo La Mecha era una prueba que Dios les mandaba a todos, y muy especialmente a él, por ésta y otras razones se pasaba casi todo el día, o bien orando frente al altar mayor, o bien recluido en su cuarto aceptando lo mínimo de alimentación, al alma del padre le torturaba una duda, ¿había fracasado en su misión evangélica?, era su trabajo el de velar y enseñar las buenas costumbres y el estricto seguimiento de la moral y las prácticas cristianas de la Iglesia, él se decía que todo eso lo había hecho pero los sucesos le decían lo contrario, entonces, de lo que estaba sucediendo en el pueblo su alma se asignó una buena parte de culpa porque su rebaño, su familia pueblerina y cristiana lo escuchaba, pero no le hacía caso, lo que equivalía a decir que no le creían, por eso andaban como perros sin cola, actuando como unas marionetas desquiciadas, qué suerte Dios mío que seas sólo tú quien tira mis hilos, se dijo el padre buscando una explicación y un consuelo. El padre no tenía dudas que lo acaecido era la parte visible de una gran discordia entre las almas de su rebaño que por destino le había tocado cautelar, dudas tampoco tenía de que el desgraciado suceso del puente de Las Penas era del cual Satanás se había valido para envenenar las almas de su familia parroquial sin olvidar las atrocidades que día a día se confirmaban cometidas por ¡vaya a saber uno quién!, aunque se rumoreaba que los culpables eran los servicios secretos de los militares pero que no se podía asegurar nada porque los rostros eran puros ojos nomás, porque lo demás era negro, pero el padre se conformaba porque él siempre actuó pidiendo información a las autoridades por ciertas muertes que ellos consideraban el resultado de riñas de criminales, aparte de eso, todo le pareció normal, pero la situación actual le hacía dudar, algo me ha salido mal, se decía, mi palabra no ha sido escuchada, se reprochaba el anciano sacerdote escarbando entonces entre los sermones que aún yacían almacenados en su memoria en busca de posibles malas interpretaciones que hubiesen podido haber hecho de algunos de ellos sus cándidos feligreses, encontró dos; El código de la Santa Alianza, cuando Dios dijo a Moisés: si alguien ataca a su prójimo y lo mata, hasta de mi altar lo arrancarás para matarlo, ¿Dios mío!, ¿les habré dado mucho del Antiguo Testamento?, y lo de combatir el Mal sin transar, ¿les habrá quedado bailando en sus conciencias estas palabras?, se preguntó inquieto, don Ismael tiene razón, la tristeza de los deudos con el tiempo se ha transformado en rencor y el rencor en odio y el odio en crímenes, la violencia de los detentores del poder genera la violencia de los despojados exclamó el sacerdote, lucha eterna, sin fin, ricos y pobres, de todas las realidades de lo humano y su historia es ésta la única que no ha cambiado, nada han valido dos mil años de ministerio cristiano, la bajeza del alma humana es inagotable, ya nadie tiene fe en el Paraíso, Señor, necesitamos una señal de tu parte, gimió su alma, una severa advertencia, el mundo corre a su perdición y no podemos desviarlo de su camino suicida, pocos tienen mucho y muchos tienen muy poco, ésa es nuestra tragedia Señor, se necesita una nueva fracción de tus panes, una repartición más justa en la tierra... bueno, parece que el padre Juan quiere hacer recular la historia o detener el tiempo, quizás para tener tiempo de arreglar ciertas cosillas y después volverlo a echar a andar pero, por el momento, todo sigue igual... en la quinta de los Castañeda la casa estaba casi a oscuras, Juana había pasado casi todo el día sentada al lado del teléfono por pedido de su patrón, había recibido nueve llamados, dos del socio de don Gustavo, la primera vez ella había respondido que le daría el recado, la segunda vez la voz de don Pablo era de preocupación, ella no le dijo nada de lo que pasaba, sólo le aseguró que don Gustavo había salido con la familia y que ya estaba por volver, las otras siete llamadas habían sido de don Gustavo para saber si había algo nuevo, la señora había salido contenta, se había puesto su chaquetón azul oscuro porque la tarde estaba fría, quizás hasta llovería, salió pretextando la necesidad de irse a probar el vestido que no se estaba haciendo, ella lo sabía, doña Felicia había muerto hacía dos inviernos, hecho, seguramente, que la señora Isabel ignoraba, desde que comenzó a venir los veranos a la casa Juana nunca había escuchado algo de la familia que la hiciera sospechar que andaban metidos en la represión de los campesinos, eran buenas personas, sobre todo don Gustavo, la trataba con mucho cariño, la señora en cambio, parecía que no le tenía confianza, guardaba celosamente algunas cosas en el cajón de su tocador, el joven Andrés era el único en la casa que la molestaba, andaba con apretujes con ella por los rincones, le levantaba las faldas y le pellizcaba el trasero, ella se lo había comentado a sus padres cuando fue a visitarlos la última vez, pero éstos se habían reído, cosa de jóvenes, le había dicho su padre, conque no te baje los calzones todo está bien, ella sentía que el joven se ponía con ella cada vez más audaz, cuando quiso tomarle los senos tuvo que decírselo, que el cabo Poblete le había dicho que si él seguía molestándola lo metería en la cárcel, que el cabo era su amigo le dijo al joven, pero ella sabía que Poblete también quería aprovecharse de ella, pero sus padres le habían insistido que el cabo sabía muchas cosas y que tenía que dejarlo hablar, la última vez que lo vio vivo le había dicho que la señora Isabel era una puta, ¿tengo que decírselo a don Gustavo?, ¿para hacerlo sufrir más?, en ese instante Juana escuchó el timbre del portón de la entrada a la quinta, se puso tensa porque no quería ver los rostros de amargura de la familia, por eso no se movió de su asiento esperando que usaran la llave para entrar, esperó más de un minuto y no sintió el auto, se puso de pie y miró por la ventana, no había nadie, intrigada y con temor rogó entonces que la familia llegara pronto.

 

            Gustavo Castañeda y sus hijos permanecieron en la comisaría hasta la llegada de las patrullas, no se había avanzado nada, ninguna pista, nadie sabía nada o todos callaban, el silencio, el maldito silencio, el Mayor dio un golpe de puño contra la mesa, ¡Este pueblo de mierda no se va a reír de nosotros!, exclamó furioso, creen que diciendo no sé nada o quedándose mudos nos van a engañar, le hizo una seña al oficial para que se acercara, oficial, libere a todos esos maricones y salga con la tropa a buscarme cincuenta más, mujeres, mocosos, a todos oficial, minutos más tarde, Gustavo salió al exterior de la comisaría abrazado a sus dos hijos. A pesar de ser más de las dos de la madrugada aún quedaban personas frente a la comisaría esperando que dejaran libres a sus familiares, al ver salir a Gustavo y a sus hijos la gente los miraron en silencio abrieron un abanico para que ellos pasaran, caminaron hasta la plaza y se sentaron en un banco sin decirse nada, Gustavo miró un momento el cielo sin estrellas y luego cerró sus ojos cansados, desde las sombras se acercó una figura, Señor Castañeda, dijo Abel, tengo mucha pena por lo que está pasando, quiero que usted sepa que estoy a su disposición para lo que usted mande, para lo que sea don Gustavo, Gustavo abrió sus ojos y sonrió amargamente a Abel, gracias hijo, eres muy gentil, gracias…, bueno, eso era lo que quería decirle señor, agregó Abel mirando fugazmente a Carla que estaba llorando, con su permiso, Abel se iba alejando cuando la voz de Gustavo lo detuvo, Abel, claro que necesito tu ayuda, ábrenos la iglesia y ayúdanos a rezar…

 

            Tú observaste cuando Gustavo puso su brazo sobre los hombros de Abel y los acompañaste con tu mirada hasta que los cuatro se borraron en la puerta de la iglesia, luego, caminaste lentamente hacia la casa de doña Ana pensando que en tu pueblo no había cambiado nada, disparos, pasos secretos en las noches, huiste con tu madre porque ella ya no podía salir a la calle sin ponerse a llorar y tener que abrazar a sus vecinas que le decían ¡fuerza!, compartimos su dolor, vivimos tiempos abominables, por eso cuando tu abuela murió vendieron la vieja casona y se fueron al barrio donde te esperaba para oír tus historias para llorar y reír contigo, para crecer juntos, para soportar a los milicos y sus milagros, yo para apedrear micros de pacos, para incendiar neumáticos en barricadas, tú para ver a tu madre consumirse en la esperanza rezando y mirando al cielo esperando el milagro,... ese lunes la casa de los Castañeda amaneció y permaneció en silencio hasta el mediodía, Juana había preparado el desayuno temprano en la mañana pero nadie había bajado a tomarlo, había escuchado que don Gustavo hablaba por teléfono con alguien, le pareció que era con su socio, y después todo había vuelto a quedar en silencio, Carla descendió la escalera y cuando vio a Juana se abrazó a ella permaneciendo estrechadas sollozando un largo rato, Carla se tomó un vaso de leche en silencio y luego salió a caminar con pasos nerviosos por la quinta, se dirigió hacia la entrada del portón, deteniéndose de vez en cuando para mirar las flores, el cielo o los árboles, ¿cómo en un día tan bello se puede sufrir tanto?, se dijo acercando su nariz a una diminuta flor de manzanilla, la naturaleza es imperturbable, no nos conoce, nosotros la admiramos, la amamos, pero ella no nos conoce, no nos hace caso, no nos mira, para ella la alegría, la amargura o el terror de los humanos le son indiferentes, ¿qué nos une a ella?, los frutos y las materias que nacen de ella, qué extraño, nos alimenta y no nos reconoce, somos sus hijos y no nos quiere, quizás antes los humanos podían hablar con los árboles y las flores, pero algo pasó, quizás fue la naturaleza que nos dio la espalda, porque la maltratamos, no nos quiso hablar más y se enojó con nosotros, como los animales, que también nos tienen desconfianza, y tienen razón, nada hay en la Tierra más malignos que los humanos, nada más feroz y cruel, para qué sirve entonces la vida Dios mío, ¿para creer que somos felices y, en un segundo, querer morirnos?, la vida no tiene sentido, es como una película absurda, pueden suceder cosas inimaginables en un minuto, qué extraño, ayer reía con mi madre y hoy su ausencia me está matando, ¿qué hemos hecho para merecer esta angustia?, el martirio de tener que vivir cada segundo sin poder apartar el pensamiento del ser querido, una queda inmóvil, impotente, paralizada, ¿comer?, ¿y ella come?, mirar las montañas, ¿y ella las puede mirar?, ¿dónde está?, ¿qué es lo que está viviendo?, ¿pensando en nosotros?, ¿sufriendo por nosotros?, qué frágiles somos. Carla se apartó del muro exterior, al volverse para regresar a la casa advirtió un sobre al borde del camino de piedrecillas, lo cogió temblando, estaba dirigido a su padre, se quedó inmóvil, sin saber si debía abrirlo o no, ¿serán buenas o malas noticias?, si son malas lo pueden matar, lo abrió, estaba escrito: Señor Castañeda, sabemos lo que le sucedió a su señora esposa, si quiere saberlo, venga solo hoy a las ocho de la tarde al cruce de la cruz, la emoción, la angustia y el terror no le dejaron pensar, caminó entonces algunos metros como autómata, ¡son los raptores!, son los raptores para pedir dinero, luego se echó a correr hacia la casa gritando ¡Papá!, ¡Papá!...

 

            El sol, cansado, cedía su lugar a las nubes iluminando con una luz fría de atardecer la cruz del cruce y la pequeña capilla construida en los años de la colonia y que hoy ya nadie visita, de la capilla sólo quedaban unos muros quejumbrosos que la maleza fue trepando y escondiendo con matas de zarzamoras que ahora sirven como cuevas a los ratones, al costado del esqueleto de la capilla se levanta una cruz alta, hecha de gruesa madera, la capilla y la cruz marcan aún hoy los límites exteriores entre la frontera de los fundos de los Raggio y los Pulgar. Gustavo llegó allí a las ocho menos cuarto, estacionó su auto a unos sesenta metros del lugar y se acercó por el camino polvoriento y solitario mirando el cielo casi negro, el mensaje decía lo que le sucedió a su esposa, cientos de preguntas y respuestas se habían dado con sus hijos durante toda la tarde, tenían esperanzas, eran los raptores, el mensaje era una cosa de dinero, pagaría, sí, lo que pidieran, luego, callaría, no diría a nadie nada, mataría al o los culpables del rapto con sus propias manos, esta posibilidad aquietaba el alma de Gustavo, le permitía pensar y de respirar un poco, la posibilidad de castigar el culpable le daba energías para seguir viviendo y hasta para cerrar su herida de tantos años, matar al culpable equivalía vengarse de todos los asesinos del pueblo que lo acompañaron ése día maldito. Corría un viento helado de lluvia, el sol, empujado por las nubes, llegaba en su descenso sobre las copas de los pinos hacia el oeste, Gustavo se sentó a esperar a un costado de la capilla y encendió un cigarrillo, no terminaba de fumarlo cuando escuchó una voz de hombre pronunciar su nombre a sus espaldas, se volvió lentamente, un hombre joven alto y delgado lo miraba con ojos negros y profundos con su mano derecha en uno de los bolsillos de su casaca, junto a él, una mujer de hermosas fracciones, buenas tardes, dijo Gustavo con una voz seca, díganme la suma del rescate, en cuatro horas tendrán el dinero, ¿mi esposa se encuentra bien?, buenas tardes señor Castañeda, le respondió el joven con voz pausada sin contestar ninguna de las preguntas... y bien, aquí estoy, dijo entonces Gustavo, ¿puedo saber quiénes son ustedes…?, no tiene importancia, contestó con voz dura Arcanio, sólo le diré que soy hijo de uno de los campesinos que usted asesinó en el puente Las Penas señor Castañeda, el rostro de Gustavo sólo se ensombreció con una sonrisa de amargura, unos segundos después encontró la fuerza para decir, muy bien jugado jóvenes, muy astuto, dijo arqueando más la fea sonrisa en su rostro, raptaron a mi esposa para atraerme a una trampa, para su venganza…se equivoca señor Castañeda, le replicó Arcanio, nosotros presenciamos todo lo que le pasó a su esposa, al escuchar esto el rostro de Gustavo expresó su sorpresa, ¿De qué mierda me están hablando?, ¿no son ustedes los que raptaron a mi esposa?, nadie ha raptado a su esposa señor Castañeda...Gustavo, con una punzada que le atravesaba el corazón, preguntó, ¿la vieron fugarse con ese tal comisario?...su esposa no se fugó con nadie señor Castañeda, le contestó Melinda con una voz suave, ¿está viva? preguntó entonces con un hilo de voz, Arcanio y Melinda se miraron, lo lamentamos señor, dijo Melinda, está muerta... Gustavo se fue sentando lentamente en el lugar en el que había estado esperando, se llevó las manos al rostro y se quedó inmóvil, el sol, por su parte, ya se había perdido bajo los pinos quedando en su ausencia unas nubes teñidas de color naranja y algunas cimas de montañas pintadas de un rojo intenso, entonces, por un momento, todo quedó en suspenso, sin saberse si era el día que moría o la noche que nacía, ¿el asesino?, preguntó Gustavo sin levantar la cabeza... fue el comisario, le contestó secamente Arcanio. Gustavo se volvió dándoles la espalda a los jóvenes, sus hombros temblaron y ya no pudo callar su llanto, los jóvenes permanecieron en silencio un largo rato mientras a lo lejos, pegado a las montañas, el sonido del primer trueno que anunció la pronta llegada de la tormenta acompañó a Melinda que decía, no es usted el único que sufre en este país señor Castañeda. Gustavo se volvió con su ojos anegados en lágrimas exclamando: ¡muy bien, mátenme!, los jóvenes permanecieron inmóviles, ¿qué esperan?, mátenme por amor de Dios, lo merezco, tienen razón, un criminal como yo no merece vivir, ¡vamos!, ¿qué esperan?....su esposa y el comisario tenían una relación señor, aunque no vimos qué sucedió en la cabaña escuchamos los gritos de su esposa, después todo quedó en silencio hasta que vimos al comisario que salía con el cuerpo… subió el cuerpo de su esposa a la camioneta y la llevó hasta la curva del camino ancho, ahí lanzó el vehículo al lago...¡y el criminal del comisario arrancó, ese hijo mal parido la mató y arrancó!, exclamó Gustavo con desesperación....bueno, acabemos, hagan de mí lo que quieran, murmuró Gustavo levantando su cabeza y mirando a los jóvenes, los tres se quedaron en silencio un largo instante...de los que dispararon quedan vivos sólo Ismael Fernández, su hijo Víctor y usted señor Castañeda… ¿cómo?, ¿qué dices?, los otros todos pagaron su crimen, el delator también…le respondió el joven de ojos negros profundos y acerada voz... Gustavo los miró con sorpresa.... ¿ustedes fueron los que los mataron?.... digamos que tal vez, le respondió el joven, el asesinato del puente La Pena dejó muchos deudos señor... el Castañeda me dio pena y me hizo pensar en los numeritos de la espera que aún no habían sido llamados, el de él acababa de ser gritado y el tuyo también Ricardo, porque tu padre desapareció en el puente La Pena, entonces la suerte o la desgracia hizo carambolas, le pegó a la bola del medio y las otras salieron disparadas rebotando como zancudos ciegos dejando el radiador de la vida lleno de sangre. Castañeda miraba como embobado los rostros de los dos jóvenes que lo miraban imperturbables, sin emoción ni compasión, como tomándose todo el tiempo para matarlo,.... señor Castañeda, nosotros no nos sentimos criminales, usted puede irse señor Castañeda, creemos que su dolor es tan horrible como el nuestro…Castañeda que tenía su mente ocupada en confesarse levantó sus ojos y miró con sorpresa a los jóvenes, ¿cómo que me vaya?, ¿no me van a matar?....puede irse señor, le quedan sus hijos, ellos lo necesitan, dijo Melinda con su voz suave... gracias, respondió Castañeda casi sin saber porqué, no comprendo porqué me dejan vivo, pero gracias por darme este poco de vida, gracias por darme la oportunidad de matar al comisario, agregó entonces Castañeda pero ahora sabiendo muy bien porqué, ... el comisario ya pagó sus deudas señor Castañeda, dijo el joven, Gustavo lo miró sin comprender nada, ¿cómo, ese desgraciado también murió?, preguntó desorientado... así es señor, y ahora nos retiramos, sólo queríamos que usted supiera lo de su esposa para que sus hijos no vivan la tortura que hemos vivido nosotros señor Castañeda, la tortura de vivir esperando, buenas noches señor......esperen, por favor esperen, pídanme lo que quieran jóvenes, todo el dinero que quieran... no queremos dinero ni nada señor, puede irse, le contestó con orgullo Arcanio...¿no tienen miedo de que los denuncie?... hicimos lo que teníamos que hacer, no nos importa la vida señor, además, algo me dice que usted no lo hará, le respondió Arcanio con una leve sonrisa.... así es muchachos, esta cruz está de testigo, adiós... Gustavo volvió a su auto y comenzó a llorar con toda su alma justo cuando la tormenta se dejó caer convertida en una espesa lluvia...

           

            El Mayor Fonseca le explicaba al capitán Salgado lo que le había expuesto en su informe al General, la pelotera de muertos que hay aquí Salgado no es ni política, ni un complot de los comunistas ni una subversión para hacer una revolución, lo que pasa aquí es que desde hace tiempo se tienen ganas mucha gente contra otras, seguramente el jetón de Huidobro sabe algo de lo que pasa aquí, pero para mí se odian entre paisanos, peones, campesinos y patrones, mi problema es que aún no he podido averiguar de dónde arranca tanto odio, este odio de mierda lo siento hasta cuando estoy cagando Salgado, este pueblo es una verdadera tumba, de pronto me da la impresión de que todos están muertos y que han resucitado para esta venganza, se lo dije a mi General, la solución es no hacer nada, que se maten hasta que no quede un solo odio en pie, mi General me respondió que él encontraba que era una buena solución pero que había un contrasentido porque si no hacíamos nada para qué mierda existían entonces los carabineros, en este sentido el General tiene razón, pero él no quiere aceptar el hecho de que aquí todo el mundo se comulga con el silencio, nada sacas con amenazarlos o machacarlos, nadie dice una puta palabra, ni mujeres ni niños, entonces por ahí no va la solución Salgado, en sólo tres días este pueblo ardió Salgado, hasta aquí van dos desaparecidos, un colgado en la plaza, un incendio de la puta madre, y cinco muertos en los fundos y en las calles del pueblo, sin contar la fuga del Huidobro con esa tal Isabel que parece que es una hembra de película, ¿qué te parece?, el Mayor miró su reloj, son las dos Salgado, deben estar por llegar las patrullas, te apuesto a que han aparecido por lo menos dos muertos más, nadie sabe quiénes son los culpables ni cuándo va a suceder algo, ni menos aún dónde va a suceder, Sicilia viejo, la Cosa Nostra, la ley del silencio, estos huevones no conocen ni el pueblo de al lado pero hacen lo mismo, es algo increíble, bueno Salgado, y con esto termino, el problema más grave es que la fuga de…Alguien golpeó la puerta, entró el oficial, perdone mi Mayor, mi capitán, el padre Juan quiere hablar con ustedes, dice que es muy urgente…,¡Que pase!, respondió el Mayor, veremos qué quiere, hace días que no lo veo… entró el padre y el Mayor hizo la presentación del capitán Salgado que asume como comisario en el pueblo desde ese mismo día, se sentaron y el padre contó la historia entre doña Isabel y el comisario Ramón Huidobro hasta el momento en que éste lanzó el vehículo con el cuerpo de Isabel al lago, perdóneme padre, dijo de pronto el Mayor, salgo a orinar y vuelvo, el capitán y el padre lo miraron irse con caras de sorpresa, padre, le dijo Salgado, si todo lo que usted dice es verdad, quizás alguien asesinó a su vez al comisario Ramón Huidobro, por eso él no aparece, ¿no es así?, preguntó entonces el nuevo comisario, así pudo haber sido hijo, le respondió el padre un poco inquieto, y ése alguien no le parece a usted que podría ser el mismo que le contó toda esta historia, no hijo, no fue él, respondió con convicción el padre, entonces, si no fue él, ¿qué le impide de cooperar con la justicia diciéndonos el nombre de este testigo tan importante?, mi promesa y el secreto de confesión comisario, le contestó secamente el padre, proteger a un criminal es contra la ley padre, respondió rudamente el comisario, que sea la última vez que me lo diga comisario, contestó también duramente el padre, el secreto de confesión es irrefutable, además, se nos ha conferido y reforzado aún con más amplitud por las recientes leyes del Gobierno…en ese momento entró el Mayor, padre, mañana a primera hora iremos a verificar sus informaciones, llevaremos grúas y buzos para buscar en el lago, ¿quiere acompañarnos?, por supuesto Mayor, es mi deber…entonces, lo pasaremos a buscar a las seis padre, y muchas gracias por las informaciones, han sido valiosísimas, dijo el Mayor poniéndose de pie y alargando la mano para despedir al padre, sólo he cumplido con mi deber Mayor, hasta mañana entonces señores…el padre salió de la sala y se fue caminando rápido hasta el exterior, en la plaza se santiguó y tomó una larga respiración de aire fresco, se dirigió enseguida hacia la iglesia con el propósito de llamar a Gustavo, en el camino se encontró con el oficial que lo saludó llevándose la mano a la visera de su gorro sin decirle nada, el oficial llegó a la comisaría y se dirigió directamente a la oficina del Mayor, fue el señor Gustavo Castañeda mi Mayor, dijo con voz ronca, gracias oficial, disponga…, el oficial salió cerrando la puerta detrás de él, ¿me permite proceder a su arresto mi Mayor?, preguntó Salgado poniéndose de pie, asiento Salgado, le ordenó el Mayor, aún no, si lo del cura resulta verdad, sacaremos el cuerpo y veremos, todavía nos queda probar la desaparición de Ramón, en todo caso Salgado, hay por lo menos una cosa clara, el desaparecimiento del comisario y la muerte de la mujer nada tienen que ver con las otras muertes… Sabes Ricardo, te confieso que cuando elegí al guatón Castañeda yo buscaba un personaje para ejercitar mi imaginación, por eso me vine con el guatón, para conocer tu pueblo, para tomar chicha y comer empanadas, confiado en que el Castañeda me daría tema para escribir una ficción desenfrenada, pero Ricardo, la realidad está matando mi ficción, o quizás mi ficción se está convirtiendo en una maldita realidad, no sé, hecho a volar mi imaginación y ésta sólo me ofrece retazos de ropa usada, Ricardo, estoy en una encrucijada, quiero inventar otros mundos y apenas puedo respirar en el que vivo agonizando, ¿y tú?, parado ahí, como un árbol, dejando que en tus ramas canten los colibríes, los ruiseñores y las torcazas, alimentándote de tus raíces, de tu memoria sorbiendo la savia, bueno, qué importa Ricardo, sigamos caminando, porque lo que a mí más me importa, es seguir juntos compartiendo la misma mochila hasta dejar descansar en paz a nuestros muertos Ricardo...

 

            La comitiva del Mayor entró a las siete de la tarde por la calle Robles hacia el centro del pueblo, a su cabeza venía el jeep del Mayor con el padre Juan, atrás la micro con los carabineros y el cuerpo de Isabel tapado con una frazada de color verde oscuro, cerrando la comitiva una grúa traía colgando lo que quedaba de la camioneta pick-up. Antes de entrar a la calle los Próceres, que daba directamente al centro de la plaza, el padre le pidió al Mayor de detenerse, descendió del vehículo y comenzó a caminar a la cabeza de la comitiva y, con el propósito de dar solemnidad al acto, se fue haciendo la señal de la cruz cada vez que veía alguna aglomeración de gente que les miraban con rostros inexpresivos (… los altos álamos, el alma humana, esas miradas de almas laberínticas, ¿encontraré algún día la entrada?, mi mirada resbala en sus miradas como mantequilla en un plato hirviendo, mis palabras caen como gotas de aceite en un mar aparentemente tranquilo, sí, sus miradas de dolor o de ira son como brasas volcánicas, como bufidos de dragón, hay en ellas residuos antiguos de raza primigenia, sus miradas, miradas liquidas, como de reverendo de raza negra, anegadas de impotencia, parecen decirme Nada tengo de que arrepentirme, mirándome con esas miradas telúricas en sus ojos de moribundos ), el cuerpo fue llevado directamente a la funeraria a la espera de la llegada del perito legista y el vehículo derecho hacia un galpón para esperar al perito en fierros. Al llegar a la plaza el padre dejó la comitiva y se acercó a Gustavo con sus brazos abiertos, Gustavo escondió su rostro en el hombro del padre y a ellos también se abrazaron sus hijos, lo imprevisto sucedió pocos segundos después, de entre la muchedumbre salió como un rayo una mujer que se abalanzó sobre Gustavo gritando con toda su alma, ¡Asesino!, ¡Mataste a mi esposo y a la puta de tu mujer!, ¡Asesino!, la consternación general se tradujo en un sólo y fuerte murmullo que se fue perdiendo hacia el fondo de la plaza, Gustavo se había vuelto hacia la mujer y dejaba que ésta le arañara y le golpeara hasta que dos hombres se la quitaron de encima, en ese instante, Carla se abalanzó hacia la mujer, la tomó del cabello y con un fuerte tirón la lanzó al suelo, ahí le siguió dando puntapiés en los costados y en la cabeza hasta que Andrés y Abel lograron inmovilizarla, dos carabineros se llevaron desvanecida a doña Marta de Huidobro mientras Abel y el padre Juan tomaron a Gustavo de los brazos y lo obligaron a caminar hacia la iglesia, entraron por la puerta central y se dirigieron directamente a la sala parroquial... por favor, vayan a ver a la hermana para que tomen y coman algo, dijo el padre Juan dirigiéndose a los jóvenes, tengo que hablar con vuestro padre, mis hijos saben todo padre…hemos pasado por momentos terribles pero apenas supe la muerte de Isabel se los dije.

- Muy bien, me parece muy bien Gustavo,…Abel por…

- Por supuesto mi padre, con permiso, ¿quieren que les traiga algo?, nadie dijo nada, café para todos y algunas galletitas hijo, le contestó entonces el padre, estoy muy preocupado Gustavo, comenzó a decir el sacerdote... nunca, dijo Gustavo como no habiendo escuchado lo que había dicho el padre, nunca pensé que alguien iba a pensar que yo los maté padre, nunca se me pasó por la mente, dijo Gustavo como saliendo de un sueño, sin embargo, tienen razón, lo más lógico es pensar que fui yo quien lo hizo…tú estuviste con nosotros papá, salimos a buscar a mamá juntos, vamos a declarar y todo se va a arreglar, agregó Carla tratando de contener sus lágrimas...todos sospechan de mí Carla, al decir esto Gustavo tomó cariñosamente las manos de su hija entre las suyas, ¿por qué dices esto Gustavo?, preguntó el padre, el nuevo comisario padre, me mira como si él supiera que yo los maté, me ha prohibido salir del pueblo… si te tocan los mató a todos papá, exclamó Andrés levantándose para ir a abrazar a su padre. Gustavo miró a su hijo y recordó el rostro del hombre de ojos oscuros e intensos que le había perdonado la vida, ésa parte de su historia aún quedaba secreta en su conciencia, no tenía fuerzas ni coraje para revelarla, por lo menos no a sus hijos, no ahora, en un tiempo más se los diría…Hijo mío, dijo aclarándose la garganta el padre Juan, la venganza siempre acaba en un túnel negro, llama a más violencia, la violencia de los poderosos es más imperdonable que la de los desamparados, es verdad, pero las dos van contra los valores morales de un buen cristiano, el odio que engendra la violencia es como la mentira hijo, una vez que mientes tienes que seguir mintiendo, así hasta que te traicionas a ti mismo, para enfrentar los golpes duros de la vida hay que tener paciencia hijo, hay que tener la cabeza fría y escoger el mejor camino, al final, la verdad siempre gana, en nuestro caso debemos tener confianza, saber esperar y actuar con sinceridad y valentía, y aquí todos somos valientes ¿no es cierto?, Gustavo, continuó diciendo el padre, mucho me temo que el Mayor sabe que fuiste tú quien me vino a confesar lo que te dijeron de lo sucedido… ¡también eso padre!, ¿cómo lo supieron?, exclamó alarmado Gustavo, el padre continuó diciendo, mientras le contaba lo sucedido al nuevo comisario, el Mayor, que es un zorro, mandó al oficial a preguntar a la parroquia si tú habías venido, la hermana que no sabe nada le dijo que sí…Dios me quiere perder padre, exclamó con amargura Gustavo, hijo, preguntó muy serio el padre dirigiéndose a Gustavo, ¿persistes en no declarar quién te contó lo que sabes?, hice una promesa y la voy a cumplir padre…¡Que lío Dios mío!, exclamó el padre poniéndose de pie y comenzando a caminar por el cuarto mientras el silencio se comía al tiempo... Hijos míos, dijo el padre segundos más tarde, tengo la cabeza toda enredada pero el corazón me dice que por el momento es mejor callar, a veces el silencio ayuda más que hablar, dejemos que los encargados hagan su trabajo, que busquen al comisario, así todo el mundo quedará con la conciencia tranquila, ¿qué les parece?, por el momento sugiero que busques urgente a un abogado hijo, yo estoy de acuerdo con el padre papá, dijo Carla con un rayo de luz en sus ojos, el mejor, que se venga al tiro papá…

- Padre, ¿podría llamar de aquí?, creo que tengo el abogado que necesito…

- Todo lo que hay aquí es de ustedes hijos, en el cuarto de al lado está el teléfono…

- Y a mi mamá padre, ¿cuándo la podremos ver?, preguntó Carla.

- Mañana al mediodía hija, en la mañana la verá el legista y luego la traeremos a la iglesia, bueno, voy a ver qué pasa con Abel y el café…

 

           

 

(Continuará…)


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