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Relatos [an error occurred while processing this directive] Julio 21, 2012


Entre la Espada y la Biblia: Capítulo Final
Romualdo Retamal

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 Versión Impresora 

CAPITULO VI

 

          Al llegar todo estaba tranquilo, los jóvenes estaban desayunando y conversaban entretenidos. Gustavo saludó a Arcanio y a Melinda, se veían tranquilos, Melinda parecía más joven, alegre incluso, sonreía con facilidad y respondía a todas las preguntas de Carla y Andrés, Arcanio, más reservado, comía lentamente sin hablar mucho. Salazar le hizo una seña a Gustavo para salir al exterior, una vez allí, Salazar dijo en voz baja, creo que sería buena idea que yo fuera a darme una vuelta por el exterior de la quinta, ¿lo crees necesario Luis?, sí Gustavo, nunca está de más la cautela, muy bien Luis, no demores mucho, en media hora más tenemos que estar en la iglesia, no te preocupes, voy rápido y vuelvo... en el camino compraron flores y cuatro coronas, luego se fueron hacia la iglesia, llegaron allí a las ocho menos diez, el padre Juan acompañado de Abel y las monjas habían preparado todo para la ceremonia, el ataúd se encontraba casi tapado con flores, al ir caminando hacia el altar Gustavo sintió la presión de las manos de sus hijos en sus brazos, al percibir el gesto, Salazar se puso al lado de Carla y la sostuvo del brazo, así llegaron hasta la primera fila donde se arrodillaron a esperar, en la sacristía el padre Juan se ponía los hábitos para la misa de difunto, se sentía nervioso, hasta casi de mal humor, ese estado de ánimo lo acompañaba desde que estaba preparando el ataúd acompañado de Abel y las hermanas porque, de pronto, su alma se sintió sola, desamparada, casi con ganas de llorar, cuando se vestía volvió a soportar el mismo sentimiento, Clara había hecho sonar las últimas campanadas hacía ya un buen rato, le había pedido que las tocará fuerte para despertar a todo el mundo y, como era su costumbre, atisbó la sala para ver cuánto público había reunido, en la primera fila de la derecha estaban Gustavo, sus hijos y su abogado, en la primera fila de la izquierda estaban el alcalde, un consejero, el comisario y el teniente de pie con sus gorras en las manos, al fondo, cerca de la puerta, creyó distinguir la silueta de un hombre, el resto de la iglesia estaba vacío entonces sintió una punzada en su alma, casi tambaleando se acercó a una silla y se sentó transpirando agarrándose el pecho diciendo en un susurro, Señor mío ahora no, por lo que más quieras, ahora no, tengo que hacer esta misa Señor, dame el tiempo que necesito, comenzó a respirar lentamente, escuchó una tos que le pareció ser la del comisario, se fue serenando, calmándose un poco más, ¡Dios mío, qué ciego he sido!, he vivido veinte años en un pueblo que ha perdido el alma y no lo he visto, almas yertas, como muertos en vida, sin compasión, Dios mío, si este pueblo es el reflejo del país estamos perdidos, el rostro preocupado de Abel apareció en la puerta, ayúdame a levantarme hijo, dijo el padre con una voz que quería ser tranquila, ¿qué pasa mi padre, está blanco, quiere que le traiga algo padre?, no hijo, gracias, ya estoy bien, fue algo pasajero, no pongas esa cara Abel, te digo que ya estoy bien, bueno, vamos... fue lenta esa misa fúnebre, lenta en el tiempo pero profunda en los gestos, el padre casi no habló, murmuró, las palabras iban hacia adentro, Abel, que por primera vez veía en ese estado al padre, no pudo retener algunas lágrimas, dio un paso para quedar detrás del padre y no sufrir viéndole su rostro pálido, demacrado, su alma sabía que su padre Juan no moriría ni ese día ni muchos meses después, pero, igual, sufría por él, porque sabía que la duda que tenía incrustada en el alma por pensar que su labor en la Tierra había sido un fracaso lo mataría, Abel escondió su pena y su alma casi odió al pueblo La Mecha, levantó su desolación y encontró los ojos de Carla que le miraban llorando, se quedaron así, acariciando sus desconsuelos un instante, pegados juntos al mundo y sus miserias, dándose valor con la mirada, sin necesidad de hablar pero siempre distantes.... en la puerta de la iglesia, las autoridades civiles, el comisario y sus acompañantes dieron institucionalmente sus condolencias a la familia y luego se alejaron con dignidad, la familia cargó el féretro en el furgón funerario y se prepararon para partir. Mientras Salazar y Andrés se despedían del padre, Carla se acercó a Abel y le entregó un sobre, ahí va mi dirección y algo más, le susurró. Al ver que Abel abría apresuradamente el sobre, le dio un rápido beso en la mejilla y se fue a esconder al interior del auto, Abel leyó lo escrito al final de la hoja: creo que la respuesta a tu amor por mi te la daré muy pronto, alzó su mirada, besó el papel y se lo llevó al corazón mirando a Carla y a su triste pero siempre hermosa sonrisa, cuando los vehículos se alejaban el padre dijo, te lo dije, son raros, pero los milagros existen hijo...

 

            Mirando los autos que partían tú caminaste hacia la plaza vacía de humanos mientras las palomas y los pájaros mañaneros, alborotando los espacios y el silencio, volvían a sus árboles preferidos…entre muchas otras cosas, la Humanidad ha aprendido que todo lo posible no es siempre posible, que para que sea posible lo posible se necesita que todos los factores que intervienen en una situación actúen al unísono y hacia una misma dirección, muchos llaman a esta confluencia de factores, suerte, ya que, aducen, un humano no es capaz de controlar todos los factores que pueden llegar a ser infinitos, otros, en cambio, afirman que lo posible a escala humana es siempre posible, todo depende del monto de voluntad que se pone en la empresa para que lo posible se haga realidad, en lo que a nuestra historia respecta, puedo asegurarles que la voluntad era sólida, unidireccional y unánime en la casa de los Castañeda por llevar a cabo lo que se habían propuesto, poniendo cuidado de llevar lo deseado en la dirección deseada, pero, hay que reconocerlo, existían algunos factores, factores que nombraremos destino, que estaban muy lejos de dejarse dominar por las voluntades que en esa casa y en ese día, nerviosas y agotadas, esperaban confiadas que sus esfuerzos fueran recompensados en la realidad concreta de sus atormentadas vidas.... el helicóptero se posó como había sido convenido en el terreno trasero de la casa, a unos cuarenta metros de la piscina. Para no dar la impresión de un apuro sospechoso, Gustavo invitó al piloto al interior, tenemos dos pasajeros más señor Salvo, ¿hay algún inconveniente?, preguntó Gustavo cuando comenzaban a tomar una taza de café y encendían un cigarrillo, ninguno señor Castañeda, la máquina tiene capacidad para un batallón, bueno, dijo entonces Gustavo satisfecho, nuestro destino es la parcela de Buin, ¿se lo dijeron?, todo está claro señor, el señor Strange me explicó todo en detalle, ¿hay algún otro detalle del viaje que quiera explicarme señor Castañeda?, ninguno señor Salvo, terminamos el café y nos vamos. En los instantes en que el padre Juan y Abel descendían la escalera que llevaba al piso superior, el timbre del portón comenzó a sonar con insistencia rompiendo desagradablemente la calma y el silencio de la casa casi solitaria sin Juana, Carla ni Andrés. Salazar se puso de pie y salió a mirar, volvió con el rostro congestionado diciendo a su amigo, es el Mayor con un grupo de pacos. Gustavo se levantó como un juguete a resortes que le abren la tapa, el padre se santiguó y Abel, preocupado por él, lo tomó con fuerzas de uno de sus brazos, Gustavo se acercó a la ventana y comprobó lo dicho por su amigo, calma, dijo Salazar en un susurro para que no escuchara el piloto que ya comenzaba a mirar a todos con cara de extrañeza, debe ser una visita de rutina. Gustavo y Salazar salieron al exterior y caminaron nerviosos hacia el portón de fierro de la puerta exterior, mientras avanzaban Gustavo comenzó a tiritar, se tomó entonces del brazo de su amigo para que disminuyera la rapidez de sus pasos, está Ismael Fernández y todos sus secuaces Luis, esto no me gusta nada, dijo en un susurro bajando la cabeza como para mirar por donde caminaba, calma, le ordenó Salazar, que no se den cuenta que tienes miedo, serénate Gustavo, aquí no ha pasado nada, si descubren a los jóvenes diremos que les diste asilo porque los creemos inocentes y ya está... Ya en la puerta, Gustavo por entre las rejas preguntó.

- Mayor, señor comisario, ¿qué sucede?, el Mayor dio unas tosecitas como para aclararse la garganta y dijo.

- Mil perdones señor Castañeda, pero ha surgido algo nuevo que tenemos forzosamente que verificar. Gustavo miró con fiereza a don Ismael, a su hijo y a sus secuaces.

- Y estos individuos, ¿qué hacen aquí Mayor?, preguntó con desprecio.

- Precisamente señor Castañeda, estos señores aseguran que en su casa están escondidos unos criminales que buscamos, ¿es eso verdad señor Castañeda?.

- Y usted le cree a esta serpiente traidora y criminal Mayor, le respondió Gustavo mirando a don Ismael. Víctor quiso agredirle por entre las rejas pero Salgado lo tiró violentamente del cuello haciéndolo trastabillar y casi caer. Mientras el hijo de don Ismael se enderezaba se produjo un silencio cargado de odios.

- Precisamente señor Castañeda, para eso los he traído a la fuerza, para verificar si dicen la verdad o mienten, aclaró el Mayor tratando de calmar la tensión. Sacó un papel de su bolsillo y se lo entregó a Salazar, una orden de inspeccionar la casa señor abogado. El papel pareció temblar en las manos de Salazar que lo leyó y luego miró a Gustavo.

- ¿Todo está en orden abogado? – preguntó el Mayor.

- Así es Mayor…

- Abran el portón por favor… Gustavo deseó que en ese instante se apagara el sol, que se detuviera el mundo, que todos y todo se quedara petrificado como una estela rupestre gigante, él en su mano la llave, Ismael con su risa de víbora, Salgado sacándose la gorra para pasar una mano por su frente, el cuervo en pleno vuelo, su hija y su madre abrazadas riendo…¡Estas alimañas no entran en mi casa!, le dijo entonces al Mayor casi sin poder respirar, entrarán don Ismael y uno de sus hijos, los otros se quedarán aquí, le respondió el Mayor, ¡Ninguno de esa familia siniestra Mayor!, gritó entonces Gustavo vaciando su desesperación acumulada, ¡Aquí la autoridad soy yo señor, yo hago cumplir el mandato con la gente que se me da la gana!, le gritó a su vez el Mayor. Gustavo miró a Salazar como esperando un milagro.

. - Está en la razón Gustavo, déjalo que haga lo que quiera, tenemos que partir, ya estamos muy retrasados, dijo el abogado tratando de apaciguar la furia de Gustavo.

- Será cosa de minutos abogado, dijo el Mayor, proceda comisario... una docena de carabineros con sus armas entraron a los jardines de la mansión, entre ellos, como queriendo esconderse, Víctor y su padre. Mientras caminan hacia la casa los efectivos se separaban en abanico por el terreno copando todo el frente de la construcción, el Mayor se acercó a Gustavo y Luis diciendo, tenemos rodeado todo el exterior de la casa con efectivos con armas señores, nada de niñerías, ¿entendido?, ninguno de los dos amigos respondió, Gustavo se adelantó y se puso al lado del padre y Abel que esperaban con la puerta principal cerrada a sus espaldas, ¡Al interior de mi casa no entran esos gusanos Mayor, para eso tendrá que matarme!, volvió a decir con determinación Gustavo, después de hacerle una venia al padre Juan con un movimiento de cabeza, el Mayor miró a Gustavo y dijo.

- Cálmese señor Castañeda, de acuerdo, no entrarán, los traje para tenerlos a la vista, si mienten, pasarán por lo menos un año en prisión por dar falsas pistas... el comisario Salgado hizo señas a don Ismael y a su hijo de pegarse al lado del Mayor, él se puso al otro extremo, cerrándoles toda posibilidad de movimiento. Gustavo, resignado, se apartó lentamente de la puerta observando con una sonrisa amarga a los carabineros que se habían apostado de espaldas y pegados al lado de cada ventana de la casa con sus armas listas para disparar... muy bien Mayor, haga lo que vino a hacer, dijo entonces Gustavo con una voz ronca de amargura, se abrió la puerta desde el interior y aparecieron Arcanio y Melinda. Arcanio venía apoyado en la mujer abrazándola por su espalda con su brazo derecho, cojeando de su pierna izquierda con muestras de dolor en su rostro.

- No hay necesidad de tanto alboroto, dijo con toda naturalidad Arcanio mirando al Mayor, ¿es a nosotros que busca Mayor?.

- A ustedes, me parece una buena decisión jóvenes, muy inteligente, ahora caminen lentamente hacia…

- ¡No le dije Mayor!, ahora, ¿me cree o no?, este Castañeda además de ser un asesino es un traidor!, gritó eufórico don Ismael sin poder contener más su alegría, bien hicimos de tenerlos vigilados Mayor…

- ¡Cállese la boca señor!, le gritó el Mayor sobresaltado por el grito del hacendado. Luego añadió, ¿qué cree, que estamos en un circo?.

- Un poco de respeto con mi padre Mayor, intervino Víctor, nos hemos sacado la cresta vigilando a este pajarraco y a Esteban Aldaño, merecemos más respeto Mayor…

- Usted, ¡silencio estúpido!, ¡silencio, ni una palabra más!, gritó esta vez fuera de sí el Mayor.

- ¿Esteban Aldaño?, preguntó Arcanio con voz suave y demostrando extrañeza, ¿y qué tiene que ver ese señor con nosotros Mayor?, aquí hay un malentendido…

- Dos empleados de don Ismael los vieron salir de la casa de ese Aldaño en compañía de esta señorita y don Gustavo joven, le respondió el Mayor recuperando su estilo, no se preocupe por él, está en el calabozo bien guardado, y ahora, basta de diálogos señores, no vinimos a conversar ni a dar explicaciones, ahora, vamos, las…una señal sonora insistente rompió en ese momento el nerviosismo del lugar, el comisario Salgado se llevó con rapidez una mano a su cintura y acercó el teléfono de campaña a su oreja, escuchó un momento mirando al Mayor y de pronto gritó enfurecido, ¡al paco de mierda encargado me lo ponen bajo arresto!, ¡huevones!, y colgó con el rostro rojo de cólera, ¿novedades comisario?, preguntó el Mayor calmamente sin apartar su mirada de Arcanio y Melinda, el señor Aldaño acaba de ahorcarse en su celda mi Mayor... el pesado silencio lo rompió el Mayor, una pena, una verdadera pena, expresó el Mayor mintiendo con la misma actitud falsamente moderaba con la que el Mayor evacuaba sus obligaciones, miró a Arcanio y Melinda diciendo.

- Así es la vida jóvenes, algunas veces la conciencia nos mata, la vida es eso, algunos ganan otros pierden, bueno, terminemos, avancen y sepárense, con los brazos en alto los dos, ¡vamos!…Los ojos y el alma de Arcanio nunca habían sido tan negros y tan profundos, su apariencia externa era de una rabiosa naturalidad, en los labios de Melinda sólo hablaba una pequeña sonrisa, avanzaron algunos pasos y, súbitamente, Arcanio dejó caer su brazo derecho, ¡hijo de puta!, alcanzó a gritar Salgado sacando su arma, Arcanio lo mató de un balazo, luego disparó hasta vaciar su arma en dirección de don Ismael y su hijo, todo el mundo se tiró al suelo, algunos gritando ¡cuidado!, Melinda también gritó ¡cuidado Arcanio! pero no se lanzó al suelo, se puso delante de Arcanio para protegerlo... una descarga de truenos con olor a pólvora azotó el silencio unos instantes, huyeron despavoridos los cuervos, se trizó la realidad y el aire se llenó de pedacitos de tristezas y de furias, luego, regresó el silencio limpiando el aire con aromas de flores escogidas en praderas desconocidas y lejanas mientras el viento mecía la copas de los árboles, el cadáver de Arcanio yacía pegado junto al de Melinda, en su rostro danzaba una sonrisa dolorosa y sus ojos abiertos, más negros y profundos que un amor asesinado, miraban con sorpresa hacia el cielo sin nubes, celeste, tan inmenso que parecía inalcanzable, un poco más allá, el Mayor y algunos carabineros rodeaban en silencio los cuerpos de don Ismael, su hijo Víctor, el comisario Salgado y dos carabineros. Fue Abel el primero que se puso en movimiento, se arrodilló junto al cuerpo de Melinda, le cerró los ojos y se puso a llorar, el padre Juan lo imitó junto a los cuerpos de Salgado y los otros...  por un instante, todo pareció haberse detenido, el tiempo y el espacio, como deseaba Gustavo, petrificados todos, como esculturas salidas de edades remotas, pensando, quizás, si todas esas muertes habían servido para algo más que repetir un acto tantas veces visto en el actuar humano en la tierra, fértil y generosa, sobre la cual lo Insondable les ha ordenado caminar. Dos minutos más tarde, las esculturas volvieron a la vida, el Mayor se puso su gorra y partió sin decir una palabra, lo cruzaron corriendo hacia la casa haciendo un saludo rápido el resto de carabineros de la dotación que participó en el arresto de los Justicieros, como ya le habían comenzado a llamar a Melinda y Arcanio Jaras en el pueblo. Mientras recogían los cuerpos, el padre y Gustavo se acercaron a Abel que todavía rezaba arrodillado junto a Melinda, el padre le acarició sus cabellos y luego dejó su mano descansar en su hombro, el padre miró a Gustavo y le dijo con voz trémula, hiciste bien en decírselo hijo, Gustavo lo miró tristemente respondiéndole, creí que había sido usted padre... no fue nadie, dijo entonces Abel levantando su rostro entristecido, yo ya lo sabía...

 

            Una hora más tarde, Salazar se despidió del padre y de Abel junto al portón sellado con cadenas, los vio alejarse en sus bicicletas por el camino polvoriento como en una película antigua, ¡Qué dúo, nunca había visto nada parecido, qué historia alma mía!, se fue diciendo el abogado moviendo su cabeza mientras caminaba hacia su automóvil, puso en marcha el motor pensando, bueno, tan mal no salió todo gracias a Dios, pareciera que de este pueblo nadie sale vivo, o a lo menos con la cabeza sana, qué pueblo de mierda, espero no tener que volver a este infierno nunca más, se abrochó el cinturón de seguridad y partió tomando el camino paralelo al pueblo para evitarlo, de ahí tomaría la ruta hacia Santiago, ¡Ojalá que el maldito paso esté transitable!, exclamó el abogado Luis Salazar hundiendo su pie en el acelerador... en ese momento, paralelo a la cordillera, a ochocientos metros de altitud, Gustavo acompañaba con sus ojos cerrados al féretro de Isabel... yo ya estoy muerto Isabel, desde el día que disparé como un cretino, tú no tienes la culpa de nada, no te reprocho nada, te dejé abandonada demasiado tiempo, perdóname Isabel… ¿y ahora qué hago con mi vida Isabel?, ya no me quedan energías, mis hijos están grandes, renuncio a todo, con lo que tengo los niños pueden vivir decentemente Isabel, no quiero que tengan mucho, no quiero que se corrompan, si Andrés sale como yo está perdido, me ocuparé de ellos Isabel, los guiaré por un buen camino, después, nos encontraremos de nuevo Isabel…

 

            Y tú terminaste de rezar hincado frente a la tosca placa de madera y a la corona de copihues y rosas blancas apoyada en el árbol, te pusiste de pie y miraste largo rato el río que corría sin memoria debajo del puente de Las Penas, luego subiste caminando la pendiente y, sin mirar atrás, enfilaste tu automóvil hacia el pueblo... la torrentosa lluvia caída en la mañana había ahuyentado el polvo dejando al pueblo envuelto en una fina capa de niebla, desembocaste sobre la plaza veinte minutos más tarde, la rodeaste conduciendo lentamente, súbitamente, hundiste el pedal del freno, te pareció ver a una figura humana que sentada en un banco te hacía señas de despedida, descendiste del automóvil sin preocuparte de estacionarlo y te dirigiste rápidamente... y luego lentamente hacia el banco desierto con una sonrisa en tus labios, ¡Adiós padre! murmuraste, luego subiste a tu viejo automóvil y elegiste la calle principal hacia el norte para enseguida tomar la salida hacia la capital.

 

 

FIN


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